Título del fanfic: El más grande de todos los tontos
Parejas: EunHae/HaeHyuk
Tipo: Slash
Género: Angst
Clasificación: NC-17
Parejas: EunHae/HaeHyuk
Tipo: Slash
Género: Angst
Clasificación: NC-17
Advertencias: Contiene escenas de sexo más o menos explícitas xD.
N/A: Un final cursi, ghei y feliz~.
Enjoy ♡
Three
Despiertas, y tardas en darte cuenta de que no estás en la habitación del hotel. Quieres incorporarte, pero no puedes, sientes tu cuerpo muy pesado, estás como adormilado. Esperas unos minutos para poder levantarte. Te sientas a medias en la cama y miras. Es un cuarto de hospital.
Te miras a ti mismo. Vistes uno de esos camisones blancos de hospital, y tienes una de esas agujas incrustada en tu mano, conectada a una manguerita que va a una bolsa de líquido transparente que cuelga junto a la cama. Miras en derredor y te das cuenta de que no estás solo. Hay un sofá, y en él están Siwon, sentado, con los ojos cerrados y sosteniendo la biblia, y Sungmin, recostado en lo que queda de sofá, con la cabeza apoyada en la pierna del moreno. Ambos duermen profundamente, y tienen el aspecto de estar ligeramente agotados.
Miras al otro lado de la habitación, y te das cuenta de que alguien duerme con la cabeza apoyada en tu cama. Es él, y te sientes mareado sólo de verlo. Está sentado en una silla, con la mitad del cuerpo sobre tu cama, junto a tus piernas. Le miras detenidamente y crees ver rastros de lágrimas en sus mejillas, pero piensas que son imaginaciones tuyas.
Le miras durante unos minutos, le ves mover los labios y decir algo, crees que es tu nombre, pero te convences de que no. Estiras la mano para acomodar un mechón de pelo cobrizo que le cae sobre los ojos, y él se sobresalta, despertándose e incorporándose de inmediato. Se queda mirándote varios segundos. Notas que tiene los ojos hinchados y enrojecidos.
—Hyukkie… —murmura, y no puede contener las lágrimas. Deja escapar un sollozo, y ese sonido despierta a Siwon, quien abre los ojos, sacude la cabeza ligeramente para espantarse el sueño y mira en tu dirección. Te ve y se apresura en despertar a Sungmin, quien hace ruiditos de molestia y se restriega los ojos al tiempo que se incorpora.
Tú no ves nada de eso por supuesto. Estás mirando fijamente como llora el pez, como se cubre la boca con las manos y trata de hacer menos audibles los sollozos que se agolpan en su boca por salir.
Siwon se levanta y se asoma hacia a fuera, llamando a alguien, una enfermera tal vez. Sungmin se levanta del sofá y se acerca a ti, secándose las lágrimas que se deslizan por sus mejillas.
—¿Cómo te sientes Hyukkie? —te pregunta el mayor.
—¿Eh? Pues… tengo sueño —dices.
Siwon se acerca y te sonríe. —¿En serio? ¿Has dormido durante dos días y aún tienes sueño?
—¿Dos días? —dices, incrédulo.
—Nos tenías muy preocupados —te dice Sungmin, y hace un puchero. —No vuelvas a hacer algo así. No sabes el susto que nos dio.
—Hyung, ¿por qué estoy aquí? —preguntas, porque no entiendes nada.
Siwon te mira, con cierto reproche al hablar. —No debiste ingerir tal cantidad de pastillas. Cuando te vimos con ese frasco de píldoras en la mano, e intentamos despertarte y no abrías los ojos, pensamos lo peor.
—¿Qué quisiste hacer con eso Eunhyukkie? No quisiste… hacer eso, ¿verdad? —te pregunta Sungmin.
—No quise matarme hyung, si a eso te refieres. Sólo quería dormir.
—El doctor te dijo que sólo una cada noche antes de dormir —te recuerda Siwon, y no tienes idea de cómo él sabe eso, pero no te importa.
—Quería dormir mucho tiempo…
El silencio los rodea. No sabes que decir, te sientes mal y avergonzado por haber preocupado a todos así.
—Lamento haberlos preocupado —dices, y haces una venia.
—Ya pasó. Es bueno ver que estás bien —dice Siwon, tomando tu mano y dándole un apretón cariñoso. —Rezamos mucho por ti.
—No vuelvas a hacer algo así nunca —dice Sungmin, con los ojos brillantes, como si fuese a llorar otra vez. —No vuelvas a encerrarte en tu habitación de nuevo. Si algo te angustia, habla conmigo, o con Eeteuk si te es más fácil.
—Lo haré hyung.
—Ash, Eunhyuk baboo. Tu madre está tan preocupada que tomó el primer vuelo a China que pudo conseguir, así que supongo que pronto la veremos por aquí.
—¿Le avisaron a omma? ¡Hyung! —te quejas, e imaginas la tremenda reprimenda que te espera.
—También le dijimos a tu hermana. Está afuera con los demás, la obligaron a ir a comer, no se despegó de ti hasta hace unas horas —agrega Siwon.
—Noona —suspiraste, agradecido.
—Junsu-shi no deja de llamar preguntando por tu estado.
—¿Junsu también lo sabe?
—Llamé a Eeteuk para informarle y estaba con Yuhno-shi y su manager. Supongo que alguno de ellos le contó a Junsu-shi —dice Sungmin encogiéndose de hombros.
—Yah, hicieron un gran escándalo por esto —te quejas.
—Estábamos muy preocupados por ti —te dice Siwon, y tu molestia desaparece al instante ante su tono de voz y su mirada severa. —No vuelvas a hacer algo así.
Tú asientes con la cabeza, silencioso, demasiado avergonzado y arrepentido. Te sientes tonto porque ahora que lo piensas, tomar tal cantidad de píldoras fue una idea bastante estúpida, y agradeces interiormente de que nada grave te haya pasado. Ya te imaginas las caras de horror que debieron haber puesto los miembros al entrar a tu habitación, encontrarla hecha un desastre, con tu ropa y demás pertenencias esparcidas por el suelo, y a ti, recostado en la cama, con el frasco en la mano.
Suspiras. De verdad estás arrepentido.
Una enfermera entra en la habitación y comienza a revisar los aparatos a los que estás conectado. Te informa que te dejarán un día más en el hospital para observación, y que deberás comenzar una dieta, porque has perdido mucho peso.
Siwon y Sungmin comentan algo de que tienen hambre, y te dicen que se irán por algo y de paso a avisarles a los otros que al fin has despertado. Siwon dirige su mirada hacia Donghae, quien se ha mantenido totalmente silencioso y no ha dejado de llorar. La mirada de Siwon es compasiva, la de Sungmin en cambio, en un tanto dura y fría, como si el conejito intuyera que el pez tiene algo que ver en todo lo que te ha estado pasando.
—Volveremos pronto —dice Siwon.
Sungmin te sonríe antes de marcharse con el menor.
Ahora están solos, y tú le vuelves a mirar. Él tiene la cabeza gacha, y ves que sufre de espasmos mientras se limpia las lágrimas de las mejillas y trata de respirar.
Verlo así te duele, remueve algo en tu interior que te dan ganas de acercarte, abrazarlo y prometerle que todo estará bien. Pero no lo haces. No estás seguro si vas a perdonar esta vez. Se burló de ti en tu propia cara, te usó y desechó, jugó contigo, te rompió el corazón en pedacitos. No estás seguro si serás capaz de volver a pegar esos pedacitos alguna vez.
—¿Por qué lloras? —quieres saber, no entiendes por qué él sigue llorando.
Él te mira, tiene los ojos muy enrojecidos por tanta lágrima.
—Creí… —dice, con esfuerzo, porque la voz le tiembla. —Creí que te perdía… —logra decir, y coge aire. —Para siempre —la voz le tiembla, y un sollozó inaudible escapa por sus labios.
Tú le miras. Lo que acabas de escuchar… ¿Será otra mentira? Porque si lo es, por favor, que alguien te mate ahora mismo. Los pedacitos de tu corazón volvieron a unirse de nuevo sólo para estremecerse ante esas palabras. ¿Acaso sí le importas?
—¿Eso… te afecta? —preguntas, y notas que tu voz también tiembla.
Él asiente con la cabeza enérgicamente, incapaz de hablar.
—¿Si yo me fuera… —el pez alza el rostro para mirarte, con un leve dejo de miedo en sus ojos, —eso te… afectaría?
—S-sí —dice con un hilo de voz.
Tú suspiras, y sonríes amargamente.
—No voy a estar aquí para siempre —dices, y te sorprendes de lo firme que se escucha tu voz. —He sido muy paciente. He esperado mucho, he soportado mucho. E intentado… Todo eso ya se acabó. Yo ya no estaré para ti. No te esperaré ni te aceptaré cuando decidas volver. Se acabó.
—Lo sé —dice él. —Sé que ya no estarás ahí por siempre. Sé que quieres irte, que estás cansado. Lamento todo… todo lo… que pasaste por mí… No sé por qué… Soy un tonto. No quería dañarte, pero lo hice… N-no sé por qué lo hago… —llora, agachando el rostro para que no lo veas. —Quiero que ser distinto… quiero hacerte feliz. No quiero que dejes de sentir lo que sientes por mí, por eso… —mete la mano en el bolsillo de su pantalón y saca una cajita de terciopelo negro. La abre y deja a la vista un anillo de plata. —Prometo dedicarme enteramente a hacerte feliz, y si te vuelvo a hacer llorar, dejaré que Siwon me dé una paliza.
—Siwon nunca haría eso —dices.
—Tú no lo viste cuando te encontramos. Me gritó muchas cosas, y si no hubiera sido por Zhoumi y manager hyung, me habría golpeado.
Te sorprendes al escuchar eso, y te sientes muy agradecido con Siwon.
Se quedan en silencio durante unos segundos. Tu corazón latiendo demasiado fuerte, expectante, aguardando lo que sea que él tiene para decirte.
—Prometo que… te despertaré con un beso cada mañana que estemos juntos, que te prepararé el desayuno, aunque sólo sepa hacer huevos revueltos, y te lo llevaré a la cama cada vez que pueda. Prometo decirte lo mucho que te amo, porque te amo, hasta que te hartes y ya no quieras escucharlo más, y prometo que apenas salgas del hospital te llevaré a comprar un cachorro y le daremos a Bada, Mío y a Choko un dongsaeng. Prometo que te cuidaré cada vez que enfermes, y que te llevaré a conocer mi casa en Mokpo, a cenar con omma y hyung cuando este vuelva del ejército. Prometo que…
—Ya… Donghae, detente —dices, no puedes contener las lágrimas. Todo lo que él promete suena maravilloso, hermoso, perfecto. Quieres creerle, de verdad que quieres, pero tienes miedo. La caída puede resultar mucho más dolorosa si te promete un paraíso como ese.
—Hyukjae —dice él. —Estar contigo esa última vez… todas las veces que hicimos el amor… —murmura, y te estremeces de sólo recordarlo, te estremeces más por ese tono de voz suyo que se te antoja como anhelante, como si aquel recuerdo también removiera algo en su interior. —Significan mucho para mí. Perdóname por irme así, no quería que me malinterpretaras. No me fui porque no quisiera estar contigo. Por favor… perdóname.
Tu corazón recién reparado te pide a gritos que le digas que sí, pero hay algo que te detiene, y no sabes qué es. Resentimiento tal vez, porque después de todo, has sufrido. Has sufrido muchísimo, y no estás seguro de dejar pasar todo ese sufrimiento así como así.
—Te amo —murmura, el pez, guardando el anillo nuevamente en su bolsillo, y escondiendo el rostro en una mano, tratando de llorar silenciosamente y fracasando.
Y ahí va de nuevo. Es la segunda vez en menos de dos minutos que te dice que te ama. Nunca antes lo había hecho, ni una vez cuando hacían el amor, o cuando dormían juntos, abrazados. Nunca. Todas las promesas que él acababa de hacerte no valen nada en comparación a ese «te amo» que tanto has ansiado escuchar y que pensaste que nunca llegaría.
Te das cuenta que la sensación cálida que le hace cosquillas a tu pecho ha vuelto a aparecer. Con eso, ya sabes cuál es tu respuesta.
—Dame mi anillo —dices.
Él se descubre el rostro y te mira, y la expresión que luce te conmueve profundamente. Tú estás sonrojado, y una pequeña sonrisa adorna tu rostro también lloroso. Él mete nuevamente la mano en el bolsillo y saca la cajita, la abre y te muestra el anillo de plata, y te das cuenta de que tiene algo grabado. Coges el anillo y lo acercas para leer.
Yours ever
—Prometo que seré tuyo siempre —dice el pez.
Te pones el anillo en el dedo anular de la mano izquierda.
—Me queda grande —dices.
—Es para este dedo —te dice él, colocándote el anillo en el dedo corazón. —Yo también tengo uno —y te enseña su mano izquierda, moviendo los dedos, el anillo plateado que adornaba su dedo de en medio. Se lo quita y te lo entrega. —Tiene algo grabado dentro —lees cuidadosamente y sientes algo en tu pecho al leer tu nombre. —Sé mi pareja —dice él de repente. —Novio, enamorado… el nombre que sea. Sé mío.
Tú le miras seriamente, y sin resistirte, te inclinas hacia él y lo besas. Ese contacto te sabe a muchas cosas, triunfo, gloria, felicidad. Sientes como si algo líquido y tibio se derramase sobre tu corazón, sanando todas las heridas, rellenando todos los espacios, las ranuras que quedaron tras haberse juntado uno a uno los pedacitos de este. Él responde tu beso con ansias, con deseo, y ambos terminan con las respiraciones agitadas. Apegas tu frente a la de él y sientes como el pesado, enorme, y doloroso nudo en tu garganta se afloja, se deshace. A pesar de eso, lloras, porque eres un llorón. Pero estas lágrimas que ahora se deslizan por tus mejillas son las lágrimas más dulces que has derramado en toda tu vida.
Eres feliz, eres inmensamente feliz. Sientes que todo el sufrimiento que viviste ha valido la pena si la recompensa es este momento. El corazón te late violentamente y crees que te explotará de la felicidad en cualquier instante.
—Feliz cumpleaños —susurra él.
Y tú abres los ojos desmesuradamente.
—¿Hoy es mi cumpleaños? —preguntas.
Él se ríe e ti.
—No. Lo fue hace dos días. Si me fui tan de repente esa mañana, fue porque quería conseguir algo realmente bueno para regalarte, así que pase toda la mañana buscando los anillos y luego los mandé a grabar. También te había comprado un pastel, pero cuando llegué no querías abrir la puerta. —Hace una pausa, y notas que el recuerdo de ese día le hace daño. —Cuando logramos entrar y te vi así… Me asusté mucho —murmura.
—¿O sea que ese día fue mi cumpleaños?
—Lamento haberte echado a perder el día —se disculpa, realmente apenado.
—Pero es que no lo sabía.
—¿No lo sabías?
—Que era mi cumpleaños.
Por supuesto. ¿Y cómo ibas a saberlo? Andabas perdido, sin saber en qué día vivías. Comenzó la gira y te olvidaste por completo de que el mes de Abril se acercaba. A veces eres tan tonto Hyukjae.
—En cuanto te den el alta, celebraremos tu cumpleaños, ¿te parece?
—No lo sé, estoy muy cansado como para una fiesta.
—Nada de eso. Ya estamos planeando la fiesta —dice una voz alegre desde la puerta y ambos miran.
Eeteuk, en compañía de los otros y tu hermana, entran, y la habitación se llena de repente.
—¿Cómo te sientes? —te pregunta el líder.
—Muy bien, pero hyung, ¿por qué estás en China?
—Estaba preocupado por mi dongsaeng —sonríe el mayor. —Además quería aprovechar de pasar tiempo con ustedes antes de entrar al ejército.
—Hyung… —dices, conmovido.
—Jungsoo hyung, ¿qué decías sobre la fiesta? —pregunta Donghae.
—Así, la fiesta —exclama con entusiasmo.
Entre todos se ponen a discutir los detalles de la fiesta, incluso tu hermana, después de llenarte de besos, se pone a opinar sobre la comida, la música y la decoración.
Tú no prestas atención a nada de eso. Estás más atento a la calidez de la mano que sostiene la tuya, a la mirada dulce que te dedican ese par de ojos castaños y a la sonrisa encantadora que se forma en esos exquisitos labios que de ahora en adelante son sólo tuyos.
*~*~*
Hace calor. De repente China empieza a gustarte mucho.
¿Qué es lo que más te gusta?
Las noches. Porque son jodidamente calientes. Te gustan porque sientes toda la noche ese cuerpo pegado al tuyo, ese calor abrasador que emana de esa piel salada y húmeda de sudor y saliva, saboreas esos labios adictivos, y el cuarto se llena de gemidos, de súplicas, de palabras incoherentes que escapan ante el delirio que causa el placer.
Escuchas la música, el ruido de copas, de risas, de voces hablando, gritando, divirtiéndose. No te importa, aunque tú seas el motivo de sus brindis y sus festejos. Prefieres celebrar el día de tu nacimiento, aunque este ya haya pasado, encerrado en esa habitación, invadiendo ese interior tan estrecho, embistiendo una y otra vez, arrancando salvajes sonidos de esa garganta que vibra como loca y que te provoca con el movimiento de esa nuez en ese cuello tan masculino.
Ese hormigueo delirante te golpea como por cuarta vez, y te derramas dentro de él. No te separas, porque disfrutas muchísimo de su calor interior envolviéndote, a veces te dan ganas de quedarte dentro de él por siempre. Descansas todo el peso de tu cuerpo sobre él, sabes que a él no le molesta, que resiste tu peso y que de hecho le gusta sentirse aplastado por ti. Comienzas a sentirte un poco cansado, y mantienes los párpados cerrados, pensando que no podría haber una manera mejor de dormir como aquella. Pero él se mueve, él se mueve y comienza a besar tu cuello con esa lentitud tan provocativa que te eriza toda la piel.
—Otra vez —murmura, con la voz cargada de deseo. A veces te sorprende el que Donghae parezca ser una fuente inagotable de calentura, excitación y montón de otras cosas pornosas.
Sientes que tu miembro comienza a recobrar vida nuevamente. Te ríes suavemente en su oído.
—¿No estás cansado?
—No.
—¿No quieres dormir un poco?
—¿Tú quieres dormir? Dormiste dos días seguidos —te reclama.
—Pero tengo sueño —le dices.
—Por favor Hyukkie —te pide con tono infantil. —Una más, sólo una más.
—Pero Hae, mañana te dolerá.
—Claro que no —rebate él de inmediato.
—Claro que sí.
—No importa. Sólo… sólo quiero estar contigo —susurra en tu oído, y comienza a llenarte de besos.
—Hae…
—¿No quieres? B-bien. Entiendo —dice, y deja de besarte.
Sabes que le has herido.
—¿P-puedes salir? —te dice, y tú le haces caso. Abandonas su interior muy lentamente y el gemido que brota de su boca te provoca.
Le ves lamerse los labios, con los ojos cerrados, como si visualizará algo sumamente placentero. Luego se gira sobre su costado y te da la espalda.
—Buenas noches —te dice.
Te quedas mirando su nuca y parte de su espalda. Te acercas y le rodeas con tus brazos. Tu contacto le hace gemir y eso te provoca más.
—Otra vez —susurras en su oído y le lames la oreja. —Las veces que quieras —agregas. Le sientes estremecerse todo. —No me canso de hacer el amor contigo —susurras.
Tus caricias son suaves y calmadas. Le estás amando con las manos, eso es lo que haces. Él suelta gemidos quedos, y se voltea para besarte, y ese beso es dulce y suave, como el algodón de azúcar.
Se llenan de besos y caricias tiernas, pero no por eso el deseo se calma o aminora. Es lo opuesto. Sientes fuego en tu interior. Quieres unir tu cuerpo al de él cuanto antes.
—Te quiero adentro Hae —le pides, y sabes que él está más que feliz por complacerte. —Hae… —su nombre brota de tus labios una y otra vez.
Es como un sueño, el sueño más maravilloso que has tenido en toda tu vida.
—Hae… No… vuelvas a irte —dices con dificultad, sintiendo su miembro golpear en tu interior. —No me dejes.
—Hyukkie —jadea él y te devora los labios. —Nunca… nunca me iré —gime, y aumenta el ritmo y la fuerza.
—Hae…
Le sientes acabar, al mismo tiempo tú acabas también. Está a punto de salir de ti, pero le detienes.
—No te vayas —murmuras.
—No seas tontito —te sonríe, con esa sonrisa que derrite mil corazones en menos de un segundo. —Nunca voy a dejarte. Serás mío para siempre —agrega en tono de broma, y se ríe.
Tú le respondes con una sonrisa y disfrutas de sus labios besando tu frente cariñosamente.
La idea de ser suyo para siempre no te parece tan mala. A decir verdad, se te antoja hermosa, porque sabes en el fondo de tu corazón que le pertenecerás por siempre.
Eres tonto, su tonto.