Friday, June 3, 2011

El más grande de todos los tontos - Three

Título del fanfic: El más grande de todos los tontos
Parejas: EunHae/HaeHyuk
Tipo: Slash
Género: Angst
Clasificación: NC-17
Advertencias: Contiene escenas de sexo más o menos explícitas xD.

N/A: Un final cursi, ghei y feliz~.
Enjoy


Three

Despiertas, y tardas en darte cuenta de que no estás en la habitación del hotel. Quieres incorporarte, pero no puedes, sientes tu cuerpo muy pesado, estás como adormilado. Esperas unos minutos para poder levantarte. Te sientas a medias en la cama y miras. Es un cuarto de hospital.

Te miras a ti mismo. Vistes uno de esos camisones blancos de hospital, y tienes una de esas agujas incrustada en tu mano, conectada a una manguerita que va a una bolsa de líquido transparente que cuelga junto a la cama. Miras en derredor y te das cuenta de que no estás solo. Hay un sofá, y en él están Siwon, sentado, con los ojos cerrados y sosteniendo la biblia, y Sungmin, recostado en lo que queda de sofá, con la cabeza apoyada en la pierna del moreno. Ambos duermen profundamente, y tienen el aspecto de estar ligeramente agotados.

Miras al otro lado de la habitación, y te das cuenta de que alguien duerme con la cabeza apoyada en tu cama. Es él, y te sientes mareado sólo de verlo. Está sentado en una silla, con la mitad del cuerpo sobre tu cama, junto a tus piernas. Le miras detenidamente y crees ver rastros de lágrimas en sus mejillas, pero piensas que son imaginaciones tuyas.

Le miras durante unos minutos, le ves mover los labios y decir algo, crees que es tu nombre, pero te convences de que no. Estiras la mano para acomodar un mechón de pelo cobrizo que le cae sobre los ojos, y él se sobresalta, despertándose e incorporándose de inmediato. Se queda mirándote varios segundos. Notas que tiene los ojos hinchados y enrojecidos.

—Hyukkie… —murmura, y no puede contener las lágrimas. Deja escapar un sollozo, y ese sonido despierta a Siwon, quien abre los ojos, sacude la cabeza ligeramente para espantarse el sueño y mira en tu dirección. Te ve y se apresura en despertar a Sungmin, quien hace ruiditos de molestia y se restriega los ojos al tiempo que se incorpora.

Tú no ves nada de eso por supuesto. Estás mirando fijamente como llora el pez, como se cubre la boca con las manos y trata de hacer menos audibles los sollozos que se agolpan en su boca por salir.

Siwon se levanta y se asoma hacia a fuera, llamando a alguien, una enfermera tal vez. Sungmin se levanta del sofá y se acerca a ti, secándose las lágrimas que se deslizan por sus mejillas.

—¿Cómo te sientes Hyukkie? —te pregunta el mayor.
—¿Eh? Pues… tengo sueño —dices.
Siwon se acerca y te sonríe. —¿En serio? ¿Has dormido durante dos días y aún tienes sueño?
—¿Dos días? —dices, incrédulo.
—Nos tenías muy preocupados —te dice Sungmin, y hace un puchero. —No vuelvas a hacer algo así. No sabes el susto que nos dio.
—Hyung, ¿por qué estoy aquí? —preguntas, porque no entiendes nada.
Siwon te mira, con cierto reproche al hablar. —No debiste ingerir tal cantidad de pastillas. Cuando te vimos con ese frasco de píldoras en la mano, e intentamos despertarte y no abrías los ojos, pensamos lo peor.
—¿Qué quisiste hacer con eso Eunhyukkie? No quisiste… hacer eso, ¿verdad? —te pregunta Sungmin.
—No quise matarme hyung, si a eso te refieres. Sólo quería dormir.
—El doctor te dijo que sólo una cada noche antes de dormir —te recuerda Siwon, y no tienes idea de cómo él sabe eso, pero no te importa.
—Quería dormir mucho tiempo…

El silencio los rodea. No sabes que decir, te sientes mal y avergonzado por haber preocupado a todos así.

—Lamento haberlos preocupado —dices, y haces una venia.
—Ya pasó. Es bueno ver que estás bien —dice Siwon, tomando tu mano y dándole un apretón cariñoso. —Rezamos mucho por ti.
—No vuelvas a hacer algo así nunca —dice Sungmin, con los ojos brillantes, como si fuese a llorar otra vez. —No vuelvas a encerrarte en tu habitación de nuevo. Si algo te angustia, habla conmigo, o con Eeteuk si te es más fácil.
—Lo haré hyung.
—Ash, Eunhyuk baboo. Tu madre está tan preocupada que tomó el primer vuelo a China que pudo conseguir, así que supongo que pronto la veremos por aquí.
—¿Le avisaron a omma? ¡Hyung! —te quejas, e imaginas la tremenda reprimenda que te espera.
—También le dijimos a tu hermana. Está afuera con los demás, la obligaron a ir a comer, no se despegó de ti hasta hace unas horas —agrega Siwon.
—Noona —suspiraste, agradecido.
—Junsu-shi no deja de llamar preguntando por tu estado.
—¿Junsu también lo sabe?
—Llamé a Eeteuk para informarle y estaba con Yuhno-shi y su manager. Supongo que alguno de ellos le contó a Junsu-shi —dice Sungmin encogiéndose de hombros.
—Yah, hicieron un gran escándalo por esto —te quejas.
—Estábamos muy preocupados por ti —te dice Siwon, y tu molestia desaparece al instante ante su tono de voz y su mirada severa. —No vuelvas a hacer algo así.

Tú asientes con la cabeza, silencioso, demasiado avergonzado y arrepentido. Te sientes tonto porque ahora que lo piensas, tomar tal cantidad de píldoras fue una idea bastante estúpida, y agradeces interiormente de que nada grave te haya pasado. Ya te imaginas las caras de horror que debieron haber puesto los miembros al entrar a tu habitación, encontrarla hecha un desastre, con tu ropa y demás pertenencias esparcidas por el suelo, y a ti, recostado en la cama, con el frasco en la mano.

Suspiras. De verdad estás arrepentido.

Una enfermera entra en la habitación y comienza a revisar los aparatos a los que estás conectado. Te informa que te dejarán un día más en el hospital para observación, y que deberás comenzar una dieta, porque has perdido mucho peso.

Siwon y Sungmin comentan algo de que tienen hambre, y te dicen que se irán por algo y de paso a avisarles a los otros que al fin has despertado. Siwon dirige su mirada hacia Donghae, quien se ha mantenido totalmente silencioso y no ha dejado de llorar. La mirada de Siwon es compasiva, la de Sungmin en cambio, en un tanto dura y fría, como si el conejito intuyera que el pez tiene algo que ver en todo lo que te ha estado pasando.

—Volveremos pronto —dice Siwon.

Sungmin te sonríe antes de marcharse con el menor.

Ahora están solos, y tú le vuelves a mirar. Él tiene la cabeza gacha, y ves que sufre de espasmos mientras se limpia las lágrimas de las mejillas y trata de respirar.

Verlo así te duele, remueve algo en tu interior que te dan ganas de acercarte, abrazarlo y prometerle que todo estará bien. Pero no lo haces. No estás seguro si vas a perdonar esta vez. Se burló de ti en tu propia cara, te usó y desechó, jugó contigo, te rompió el corazón en pedacitos. No estás seguro si serás capaz de volver a pegar esos pedacitos alguna vez.

—¿Por qué lloras? —quieres saber, no entiendes por qué él sigue llorando.

Él te mira, tiene los ojos muy enrojecidos por tanta lágrima.

—Creí… —dice, con esfuerzo, porque la voz le tiembla. —Creí que te perdía… —logra decir, y coge aire. —Para siempre —la voz le tiembla, y un sollozó inaudible escapa por sus labios.

Tú le miras. Lo que acabas de escuchar… ¿Será otra mentira? Porque si lo es, por favor, que alguien te mate ahora mismo. Los pedacitos de tu corazón volvieron a unirse de nuevo sólo para estremecerse ante esas palabras. ¿Acaso sí le importas?

—¿Eso… te afecta? —preguntas, y notas que tu voz también tiembla.

Él asiente con la cabeza enérgicamente, incapaz de hablar.

—¿Si yo me fuera… —el pez alza el rostro para mirarte, con un leve dejo de miedo en sus ojos, —eso te… afectaría?
—S-sí —dice con un hilo de voz.

Tú suspiras, y sonríes amargamente.

—No voy a estar aquí para siempre —dices, y te sorprendes de lo firme que se escucha tu voz. —He sido muy paciente. He esperado mucho, he soportado mucho. E intentado… Todo eso ya se acabó. Yo ya no estaré para ti. No te esperaré ni te aceptaré cuando decidas volver. Se acabó.

—Lo sé —dice él. —Sé que ya no estarás ahí por siempre. Sé que quieres irte, que estás cansado. Lamento todo… todo lo… que pasaste por mí… No sé por qué… Soy un tonto. No quería dañarte, pero lo hice… N-no sé por qué lo hago… —llora, agachando el rostro para que no lo veas. —Quiero que ser distinto… quiero hacerte feliz. No quiero que dejes de sentir lo que sientes por mí, por eso… —mete la mano en el bolsillo de su pantalón y saca una cajita de terciopelo negro. La abre y deja a la vista un anillo de plata. —Prometo dedicarme enteramente a hacerte feliz, y si te vuelvo a hacer llorar, dejaré que Siwon me dé una paliza.
—Siwon nunca haría eso —dices.
—Tú no lo viste cuando te encontramos. Me gritó muchas cosas, y si no hubiera sido por Zhoumi y manager hyung, me habría golpeado.

Te sorprendes al escuchar eso, y te sientes muy agradecido con Siwon.

Se quedan en silencio durante unos segundos. Tu corazón latiendo demasiado fuerte, expectante, aguardando lo que sea que él tiene para decirte.

—Prometo que… te despertaré con un beso cada mañana que estemos juntos, que te prepararé el desayuno, aunque sólo sepa hacer huevos revueltos, y te lo llevaré a la cama cada vez que pueda. Prometo decirte lo mucho que te amo, porque te amo, hasta que te hartes y ya no quieras escucharlo más, y prometo que apenas salgas del hospital te llevaré a comprar un cachorro y le daremos a Bada, Mío y a Choko un dongsaeng. Prometo que te cuidaré cada vez que enfermes, y que te llevaré a conocer mi casa en Mokpo, a cenar con omma y hyung cuando este vuelva del ejército. Prometo que…
—Ya… Donghae, detente —dices, no puedes contener las lágrimas. Todo lo que él promete suena maravilloso, hermoso, perfecto. Quieres creerle, de verdad que quieres, pero tienes miedo. La caída puede resultar mucho más dolorosa si te promete un paraíso como ese.
—Hyukjae —dice él. —Estar contigo esa última vez… todas las veces que hicimos el amor… —murmura, y te estremeces de sólo recordarlo, te estremeces más por ese tono de voz suyo que se te antoja como anhelante, como si aquel recuerdo también removiera algo en su interior. —Significan mucho para mí. Perdóname por irme así, no quería que me malinterpretaras. No me fui porque no quisiera estar contigo. Por favor… perdóname.

Tu corazón recién reparado te pide a gritos que le digas que sí, pero hay algo que te detiene, y no sabes qué es. Resentimiento tal vez, porque después de todo, has sufrido. Has sufrido muchísimo, y no estás seguro de dejar pasar todo ese sufrimiento así como así.

—Te amo —murmura, el pez, guardando el anillo nuevamente en su bolsillo, y escondiendo el rostro en una mano, tratando de llorar silenciosamente y fracasando.

Y ahí va de nuevo. Es la segunda vez en menos de dos minutos que te dice que te ama. Nunca antes lo había hecho, ni una vez cuando hacían el amor, o cuando dormían juntos, abrazados. Nunca. Todas las promesas que él acababa de hacerte no valen
nada en comparación a ese «te amo» que tanto has ansiado escuchar y que pensaste que nunca llegaría.

Te das cuenta que la sensación cálida que le hace cosquillas a tu pecho ha vuelto a aparecer. Con eso, ya sabes cuál es tu respuesta.

—Dame mi anillo —dices.

Él se descubre el rostro y te mira, y la expresión que luce te conmueve profundamente. Tú estás sonrojado, y una pequeña sonrisa adorna tu rostro también lloroso. Él mete nuevamente la mano en el bolsillo y saca la cajita, la abre y te muestra el anillo de plata, y te das cuenta de que tiene algo grabado. Coges el anillo y lo acercas para leer.

Yours ever


—Prometo que seré tuyo siempre —dice el pez.

Te pones el anillo en el dedo anular de la mano izquierda.

—Me queda grande —dices.
—Es para este dedo —te dice él, colocándote el anillo en el dedo corazón. —Yo también tengo uno —y te enseña su mano izquierda, moviendo los dedos, el anillo plateado que adornaba su dedo de en medio. Se lo quita y te lo entrega. —Tiene algo grabado dentro —lees cuidadosamente y sientes algo en tu pecho al leer tu nombre. —Sé mi pareja —dice él de repente. —Novio, enamorado… el nombre que sea. Sé mío.

Tú le miras seriamente, y sin resistirte, te inclinas hacia él y lo besas. Ese contacto te sabe a muchas cosas, triunfo, gloria, felicidad. Sientes como si algo líquido y tibio se derramase sobre tu corazón, sanando todas las heridas, rellenando todos los espacios, las ranuras que quedaron tras haberse juntado uno a uno los pedacitos de este. Él responde tu beso con ansias, con deseo, y ambos terminan con las respiraciones agitadas. Apegas tu frente a la de él y sientes como el pesado, enorme, y doloroso nudo en tu garganta se afloja, se deshace. A pesar de eso, lloras, porque eres un llorón. Pero estas lágrimas que ahora se deslizan por tus mejillas son las lágrimas más dulces que has derramado en toda tu vida.

Eres feliz, eres inmensamente feliz. Sientes que todo el sufrimiento que viviste ha valido la pena si la recompensa es este momento. El corazón te late violentamente y crees que te explotará de la felicidad en cualquier instante.

—Feliz cumpleaños —susurra él.

Y tú abres los ojos desmesuradamente.

—¿Hoy es mi cumpleaños? —preguntas.

Él se ríe e ti.

—No. Lo fue hace dos días. Si me fui tan de repente esa mañana, fue porque quería conseguir algo realmente bueno para regalarte, así que pase toda la mañana buscando los anillos y luego los mandé a grabar. También te había comprado un pastel, pero cuando llegué no querías abrir la puerta. —Hace una pausa, y notas que el recuerdo de ese día le hace daño. —Cuando logramos entrar y te vi así… Me asusté mucho —murmura.
—¿O sea que ese día fue mi cumpleaños?
—Lamento haberte echado a perder el día —se disculpa, realmente apenado.
—Pero es que no lo sabía.
—¿No lo sabías?
—Que era mi cumpleaños.

Por supuesto. ¿Y cómo ibas a saberlo? Andabas perdido, sin saber en qué día vivías. Comenzó la gira y te olvidaste por completo de que el mes de Abril se acercaba. A veces eres tan tonto Hyukjae.

—En cuanto te den el alta, celebraremos tu cumpleaños, ¿te parece?
—No lo sé, estoy muy cansado como para una fiesta.
—Nada de eso. Ya estamos planeando la fiesta —dice una voz alegre desde la puerta y ambos miran.

Eeteuk, en compañía de los otros y tu hermana, entran, y la habitación se llena de repente.

—¿Cómo te sientes? —te pregunta el líder.
—Muy bien, pero hyung, ¿por qué estás en China?
—Estaba preocupado por mi dongsaeng —sonríe el mayor. —Además quería aprovechar de pasar tiempo con ustedes antes de entrar al ejército.
—Hyung… —dices, conmovido.
—Jungsoo hyung, ¿qué decías sobre la fiesta? —pregunta Donghae.
—Así, la fiesta —exclama con entusiasmo.

Entre todos se ponen a discutir los detalles de la fiesta, incluso tu hermana, después de llenarte de besos, se pone a opinar sobre la comida, la música y la decoración.

Tú no prestas atención a nada de eso. Estás más atento a la calidez de la mano que sostiene la tuya, a la mirada dulce que te dedican ese par de ojos castaños y a la sonrisa encantadora que se forma en esos exquisitos labios que de ahora en adelante son sólo tuyos.


*~*~*



Hace calor. De repente China empieza a gustarte mucho.

¿Qué es lo que más te gusta?

Las noches. Porque son jodidamente calientes. Te gustan porque sientes toda la noche ese cuerpo pegado al tuyo, ese calor abrasador que emana de esa piel salada y húmeda de sudor y saliva, saboreas esos labios adictivos, y el cuarto se llena de gemidos, de súplicas, de palabras incoherentes que escapan ante el delirio que causa el placer.

Escuchas la música, el ruido de copas, de risas, de voces hablando, gritando, divirtiéndose. No te importa, aunque tú seas el motivo de sus brindis y sus festejos. Prefieres celebrar el día de tu nacimiento, aunque este ya haya pasado, encerrado en esa habitación, invadiendo ese interior tan estrecho, embistiendo una y otra vez, arrancando salvajes sonidos de esa garganta que vibra como loca y que te provoca con el movimiento de esa nuez en ese cuello tan masculino.

Ese hormigueo delirante te golpea como por cuarta vez, y te derramas dentro de él. No te separas, porque disfrutas muchísimo de su calor interior envolviéndote, a veces te dan ganas de quedarte dentro de él por siempre. Descansas todo el peso de tu cuerpo sobre él, sabes que a él no le molesta, que resiste tu peso y que de hecho le gusta sentirse aplastado por ti. Comienzas a sentirte un poco cansado, y mantienes los párpados cerrados, pensando que no podría haber una manera mejor de dormir como aquella. Pero él se mueve, él se mueve y comienza a besar tu cuello con esa lentitud tan provocativa que te eriza toda la piel.

—Otra vez —murmura, con la voz cargada de deseo. A veces te sorprende el que Donghae parezca ser una fuente inagotable de calentura, excitación y montón de otras cosas pornosas.

Sientes que tu miembro comienza a recobrar vida nuevamente. Te ríes suavemente en su oído.

—¿No estás cansado?
—No.
—¿No quieres dormir un poco?
—¿Tú quieres dormir? Dormiste dos días seguidos —te reclama.
—Pero tengo sueño —le dices.
—Por favor Hyukkie —te pide con tono infantil. —Una más, sólo una más.
—Pero Hae, mañana te dolerá.
—Claro que no —rebate él de inmediato.
—Claro que sí.
—No importa. Sólo… sólo quiero estar contigo —susurra en tu oído, y comienza a llenarte de besos.
—Hae…
—¿No quieres? B-bien. Entiendo —dice, y deja de besarte.

Sabes que le has herido.

—¿P-puedes salir? —te dice, y tú le haces caso. Abandonas su interior muy lentamente y el gemido que brota de su boca te provoca.

Le ves lamerse los labios, con los ojos cerrados, como si visualizará algo sumamente placentero. Luego se gira sobre su costado y te da la espalda.

—Buenas noches —te dice.

Te quedas mirando su nuca y parte de su espalda. Te acercas y le rodeas con tus brazos. Tu contacto le hace gemir y eso te provoca más.

—Otra vez —susurras en su oído y le lames la oreja. —Las veces que quieras —agregas. Le sientes estremecerse todo. —No me canso de hacer el amor contigo —susurras.

Tus caricias son suaves y calmadas. Le estás amando con las manos, eso es lo que haces. Él suelta gemidos quedos, y se voltea para besarte, y ese beso es dulce y suave, como el algodón de azúcar.

Se llenan de besos y caricias tiernas, pero no por eso el deseo se calma o aminora. Es lo opuesto. Sientes fuego en tu interior. Quieres unir tu cuerpo al de él cuanto antes.

—Te quiero adentro Hae —le pides, y sabes que él está más que feliz por complacerte. —Hae… —su nombre brota de tus labios una y otra vez.

Es como un sueño, el sueño más maravilloso que has tenido en toda tu vida.

—Hae… No… vuelvas a irte —dices con dificultad, sintiendo su miembro golpear en tu interior. —No me dejes.
—Hyukkie —jadea él y te devora los labios. —Nunca… nunca me iré —gime, y aumenta el ritmo y la fuerza.
—Hae…

Le sientes acabar, al mismo tiempo tú acabas también. Está a punto de salir de ti, pero le detienes.
—No te vayas —murmuras.
—No seas tontito —te sonríe, con esa sonrisa que derrite mil corazones en menos de un segundo. —Nunca voy a dejarte. Serás mío para siempre —agrega en tono de broma, y se ríe.

Tú le respondes con una sonrisa y disfrutas de sus labios besando tu frente cariñosamente.

La idea de ser suyo para siempre no te parece tan mala. A decir verdad, se te antoja hermosa, porque sabes en el fondo de tu corazón que le pertenecerás por siempre.

Eres tonto, su tonto.

Wednesday, June 1, 2011

El más grande de todos los tontos - Two

Título del fanfic: El más grande de todos los tontos
Parejas: EunHae/HaeHyuk
Tipo: Slash
Género: Angts
Clasificación: NC-17
Advertencias: Contiene escenas de sexo explícitas.

N/A: Amé escribir este lemon *-* *pervertmodeon* xD.
Enjoy

Two

Estás tan deprimido que has tenido que ir al doctor. El único de los miembros que lo sabe es Eeteuk, y él prometió no decírselo a nadie. Sabes que puedes confiar en él.

Recostado en tu cama, miras con atención las pequeñas píldoras blancas dentro del frasquito que sujeta tu mano, y las agitas, escuchando el sonido que hacen al chocar entre sí y contra el vidrio de su contenedor. Una antes de dormir, eso dijo el doctor.

Esas píldoras te hacen descansar, no te dejan soñar, lo cual agradeces, porque tus sueños siempre tratan sobre él. Esas píldoras serán tus salvadoras cuando comiencen la gira de SJ M dentro de unos días. Pensaste seriamente en renunciar a la sub unidad, pero tu terapeuta te recomendó que no lo hicieras, que eso no le haría ningún bien al proceso de superación, que estarías huyendo y que eso, bajo ningún concepto, es algo bueno. Le haces caso porque quieres recuperarte, porque sabes que tu estado actual no es bueno para tu salud.

Quieres estar sano, porque no quieres preocupar a nadie. Tu familia ha estado llamándote muy seguido porque tu aspecto cansado y enfermizo ha sido tema en algunos programas y periódicos. ELF te llena el twitter con mensajes de ánimo y apoyo, y te piden encarecidamente que cuides de tu salud ante todo. Los miembros también están preocupados, a veces les pillas mirándote con inquietud, con ganas de decirte algo, pero sin saber qué. Ninguno de ellos sabe con certeza qué es aquello que te tiene en este estado. Ninguno de ellos excepto él, pero él no dice nada, no hace nada. Su distanciamiento es tan obvio, que seguramente los otros ya sospechan que Donghae tiene algo que ver con tu estado, pero ninguno dice nada, ninguno se atreve a decir nada. En el fondo agradeces su discreción.

Alguien toca tu puerta. Tu corazón da un brinco enorme dentro de tu pecho, porque hace mucho que no oías ese ‘Toc, toc, toc, toc, toc’.
Tragas saliva.

—Pasa —dices.

Él abre la puerta y se asoma.

—Ya nos vamos —dice.

Tú sólo asientes con la cabeza.

—¿Quieres ayuda con tu equipaje? —pregunta.
—No, gracias —dices.

Y se marcha.

Respiras profundamente para calmarte.

Él lo ha intentado, hablar contigo, tratar que las cosas sean mínimamente como antes, pero tú no puedes. Es como si algo dentro de ti se hubiese muerto. Ese Hyukjae que era de Donghae, eso fue lo que murió.

*~*~*


No te gusta China, de verdad que no te gusta. No soportas la sazón de las comidas y no soportas que te hablen tan rápido en chino y que seas incapaz de responder sin cometer errores estúpidos. Lo que más te desagrada de China es que pasas mucho tiempo cerca de él, demasiado.

Añoras tu habitación para poder evadirte.

Pasan mucho tiempo ensayando, apareciendo en programas de televisión, incluso grabando publicidad. Lo ensayos son especialmente duros para ti, porque tú y él son los bailarines principales. Agradeces infinitamente que Henry siempre esté con ustedes y que todos los solos principales de baile sean de los tres.

Quieres volver a Corea, quieres renunciar, dejar todo tirado y regresar. Los días se te hacen horriblemente largos entre tanta actividad, y tu verdadero descanso llega en las noches, cuando una de esas píldoras blancas se desliza por tu garganta, garantizándote un sueño reparador.

Después de tanto ajetreo, al fin tienes un día libre. Todos están paseando en no sabes dónde. No quisiste ir, porque necesitas un espacio completamente a solas. Quieres dormir, tienes muchas ganas de dormir, pero tienes miedo de soñar con él. Abres el cajón de tu mesita de noche y sacas el frasco con tus píldoras. Piensas que tomar una ahora no te hará daño alguno, pero no estás seguro, puesto que las instrucciones son «una cada noche antes dormir», y apenas son las seis de la tarde. Te quedas mirando el frasco, pensando, cuando abren la puerta de tu habitación.

Te sorprende encontrarte con esa mirada castaña que tanto te has empeñado en evitar. Él te mira, y fija, curioso, la mirada en el frasco en tu mano. Te das cuenta y te sientes incómodo, por lo que te apresuras a guardar las píldoras en el cajón de tu mesita de noche nuevamente.

—¿Qué es eso? —te pregunta, entrando sin ser invitado.
—No es nada —dices, pero eso no le detiene.

Pasa junto a ti directamente hacia tu mesa de noche, abre el cajón y saca el frasco. Lo examina con atención, leyendo la etiqueta.

—¿Tomas esto? ¿Por qué? ¿De qué estás enfermo?’
—No estoy enfermo.
—¿Entonces por qué tomas esto?
—Son para dormir.
—Para dormir —repite él, y sabes que no te cree. Gira el frasco en sus manos, lamiéndose el labio inferior. —Antidepresivos —dice.

Tú no sabes qué decir. Evitas mirarle, y con eso, le has dado la razón.

—Jungsoo hyung me lo dijo. Que has estado yendo al médico.

Te dejas caer sobre la cama, molesto. ¿Por qué Eeteuk tuvo que decírselo precisamente a él?

—¿Por qué? —te pregunta, mirándote. —¿Qué es lo que te pasa?

No le contestas, no sabes qué decirle, y eso te hace sentir terriblemente estúpido.

—¿Qué es lo que sucede Hyukkie?— sientes que las manos te comienzan a temblar al escucharle llamarte así. Ha pasado tanto tiempo… —¿Por qué no quieres contarme?— te pregunta, dolido.
—No me pasa nada— dices.
—No voy a creerte. ¿Por qué no quieres contarme?— se ubica frente a ti. —¿Por qué no lo sabía? —te reclama, agitando el frasco con las píldoras. —Esto es importante. ¿Por qué tuvo que ser Jungsoo hyung el que me lo dijera y no tú?
—Él no tenía por qué decírtelo —murmuras.
—Yah, Hyukjae-ah —exclama, molesto. —¿Por qué eres así? ¿Qué está pasando contigo?
—No me está pasando nada —ya comienzas a molestarte. Deseas que se vaya, que te deje solo. —No te metas en mis asuntos —le espetas.
—¿Cuál es tu problema? —demanda.
—¿Mi problema?— sonríes amargamente.
—Sí, tu problema. ¿Por qué no me dices qué es lo que te pasa?

Te levantas de la cama, frunces el ceño y le miras, desafiante. Estás frente a frente con él.
—¿Quieres saber cuál es mi problema?’
—Sí, quiero saber —casi grita, y eso te enfurece más.
—Tú eres mi problema —dices, casi gritas, sin poder contenerte. —Tú eres mi maldito problema. Tu presencia. No quiero estar cerca de ti, no quiero verte ni hablarte, y tengo que hacerlo. ¡Ese es mi problema!

El rostro de él se desencaja. Ves cómo sus ojos se humedecen poco a poco.

—¿Y-yo soy tu problema? —pregunta en voz baja. Sabes que le has herido, que tus palabras le han herido, pero en lugar de sentirte culpable, sientes un extraño placer por dentro. —¿Es mi culpa que… tomes esto? —señala el frasco.

Tú no le respondes. Desvías la mirada a un rincón de tu habitación.

—Hyukjae-ah — dice. —Mírame —te pide.

Y lo haces. Sientes un nudo en tu garganta, pero no quieres llorar, de verdad que no quieres.

—¿Q-qué hice? —te pregunta.

Y lloras. Te maldices por eso. Lloras, pero no es tristeza. Es rabia. Lloras de rabia porque él no sabe nada de nada, porque sigue siendo ignorante de todo lo que te ha hecho pasar, de todos los malos ratos, las noches en vela, los suspiros, los llantos. No puedes entenderlo, no lo comprendes ni quieres hacerlo.
Le miras fijo, le miras con rencor, con odio tal vez.

—Márchate —dices.
—Pero…
—¡Márchate! —gritas.

Pero él no se mueve.

—No me iré hasta que me digas…
—¡¿Qué quieres que te diga?! —estás desesperado, de verdad quieres que te deje solo.
—¿Qué fue lo que te hice para…
—¿De verdad tienes que preguntar? ¿No es demasiado obvio? —cierras tus manos en puños, para darte estabilidad. —Yo… No eres culpable de nada. Yo tengo la culpa. Soy débil y patético. Es mi culpa —murmuras.
—Hyukjae.
—Déjame solo —le pides sin mirarle.
—No me iré. Quiero que hablemos, que solucionemos esto. Quiero que todo vuelva a ser como antes.
—Nada volverá a ser como antes.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero.
—¿No quieres seguir siendo mi amigo?

Le escuchas decir eso y sientes que estás pronto a soltar un sollozo. No puedes creerlo. ¿Amigo? ¿De verdad que Donghae limitaba todo al plano de amigos? ¿Dónde quedaban los besos, todas las veces que hicieron el amor juntos? ¿Contarían para Donghae como hacer el amor? Para ti sí contaban como tal. ¿Por qué parece ser que tú eres el único que piensa así? Volver a ser como antes… ¿De verdad quería volver a ser como antes?

—¿Cómo antes? —dices.

El otro asiente con la cabeza.

Tú sonríes, sardónicamente. —Quieres que todo vuelva a ser como antes…
—Sí —te responde él.

Le miras fijo, mordiéndote el labio inferior para reprimir los gritos y el llanto que desean salir.

—Eres un tonto —dices con un hilo de voz. —El más tonto de los tontos… —sollozas sin energía.

Él te mira como si también fuese a llorar.

—Hyukkie…
—Vete… Déjame solo.

Él niega con la cabeza y te abraza.

Sientes que ese abrazo te cura y a la vez te mata. Toda tu piel reacciona a su contacto, ansiosa. Tu corazón se agita y comienza a golpear con fuerza dentro de tu pecho y sientes un hormigueo en tu vientre. Pero quieres que se aleje, deseas que se aleje y te deje tranquilo, solo, porque lo que sientes es demasiado. Estás confundido y muy dolido, sabes que tienes que alejarle, pero no puedes, y eso lastima tu pobre orgullo.

—Quiero saber qué te pasa —dice él con tono suplicante. —Por favor Hyukjae-ah, dime qué tienes.

¿Qué es lo que te pasa?

Estás enfermo. Enfermo de amor por ese pez tonto que te abraza ahora y que te suplica para que le cuentes lo que te aqueja. Has estado enfermo mucho tiempo, por eso has ido al médico. El problema es que no existe medicina que te cure el corazón de lo que sientes. Y ahora que él te está abrazando, la idea de olvidarlo y superarlo comienza a parecerte nuevamente imposible.

Él se separa de ti un poco y te toma el rostro con las manos. Con sus pulgares comienza a limpiar las lágrimas de tus mejillas, y ese gesto tan dulce de su parte sólo te hace llorar más.

—No llores anchoíta, odio verte así —te susurra con cariño. Tú respiras hondo y tratas de calmarte. —Sea lo que sea, lo superarás. Yo estaré contigo, no voy a dejarte.

Una parte de ti quiere creerle, lo quiere desesperadamente. Pero otra tiene miedo de creer, de poner esperanzas, de crear ilusiones, y de lanzarse para luego caer al vacío.

Él te sonríe, y se inclina hacia a ti. No reaccionas hasta que sientes sus labios en tu mejilla. El contacto es electrizante y turbador. Sientes fuego en tu interior. Esa llama que creías extintas, el Hyukjae que le pertenece sólo a él, se alza dentro de tu ser. No tienes control sobre lo que haces. Le rodeas la cintura y lo apegas a tu cuerpo, y con los labios le buscas desesperadamente para saciar tu hambre por un beso. Sus labios se tocan, se encuentran después de tanto tiempo, y sientes por dentro como te quema una necesidad urgente por poseerlo.

No eres suave con el beso. Eres brusco y desbordas pasión. Tu lengua explora toda esa cavidad y crees que ese sabor es el más exquisito de todos, tus dientes muerden sus labios y en tu boca atrapas su lengua, succionándola como si quisieras tragarla. Él te responde ese beso urgido, con el mismo deseo.

Tus manos se deslizan a su trasero y estrujas sus nalgas, arrancando de él un suspiro. Sientes las manos de él por tu cuello, tus hombros, tus brazos, tu cintura. Las sientes debajo de tu camiseta y gimes ante el tacto de sus manos frías. Sientes ganas de llorar nuevamente, porque has anhelado por tanto tiempo ese contacto. Te sientes como un hombre del desierto, perdido, que después de días sin agua encuentra un oasis. Te sientes como un muerto de hambre, al que le dan de probar del mejor de los banquetes.

Le empujas a la cama y te ubicas sobre él. Metes las manos debajo de su camisa y comienzas a tocar esa suave piel de marfil que tanto añoraste. Hundes los labios en su cuello y saboreas esa piel sensitiva, disfrutando del sonido hermoso y sensual que escapa de los labios del pez ante las sensaciones que le provocas, desabotonando con habilidad la prenda de vestir para dejar a la vista ese torso perfectamente trabajado que llama tu atención de inmediato. Te deslizas desde el cuello hasta sus pectorales, ensalivando todo a tu paso. Con la lengua te das el tiempo de torturar sus tetillas, hasta dejarlas durísimas. Bajas hasta su abdomen y mientras hundes la lengua en su ombligo, tus manos se encargan de abrir el cinturón, de desabrochar el pantalón y de bajar la prenda más la ropa interior. Le quitas todo. Le dejas completamente desnudo debajo de ti y disfrutas de esa visión por unos segundos. Admiras su desnudez, su perfecta desnudez. Te preguntas cómo es posible que pueda existir un hombre tan perfecto.

—Hyuk —gime él cuando tomas su miembro.

Sientes que te endureces mucho más al palpar ese ser duro y caliente en tu mano. Tu miembro palpita dentro de tu ropa interior, y te duele. Te quitas la camiseta y te bajas los pantalones y los bóxers hasta la rodilla. Te ubicas sobre él y los miembros de ambos se rozan. El mismo gemido extasiado escapa de ambos, se miran fijamente, lujuriosos, poseídos por un trance de deseo, al tiempo que tú balanceas tu cuerpo y comienzas una deliciosa fricción entre sus miembros. Hundes la cabeza en su cuello, lames esa piel, chupas hasta marcar. Él toma una de tus manos y la lleva a su boca. Te lame los dedos, primero lentamente, disfrutando de su sabor salado. Segundos después te lame rápido y desesperado, como si fuese un delicioso helado que se está derritiendo, y luego te chupa, se mete uno a uno los dedos de tu mano a la boca y dentro arremolina la lengua alrededor de ellos. La manera en que te chupa los dedos te enloquece, podrías llegar al orgasmo sólo disfrutando de ello. Pero no, tú lo quieres todo, lo quieres a él, quieres su interior, lo has querido siempre.

Con cierto pesar, retiras tu mano completamente ensalivada, le separas las piernas, abriéndolas mucho para tener buen acceso, y acaricias esa palpitante entrada que clama por tu atención. Le escuchas gemir cuando introduces primero tu dedo corazón. Le miras fijamente el rostro y enloqueces con la expresión de su rostro, con cómo sus mejillas están teñidas de un brillante carmesí, con cómo se lame y muerde el labio inferior, con cómo cierra los ojos. Introduces otro dedo, y él gime nuevamente. En su interior, tratas de separar los dedos, haciendo movimiento de tijeras, y él se retuerce ante la sensación. Tus dedos salen, y luego vuelven a entrar, una y otra vez hasta que le ves loco de placer.

—Hyukkie… —dice él, con dificultad, porque su voz se pierde con los gemidos que brotan de su garganta. —Entra…

Pero tú niegas con la cabeza. Sigues penetrando con tus dedos hasta que lo sientes en el límite. Es ahí cuando te detienes. Esperas un momento a que se calme un poco, y le ves mirarte con reproche. Tu miembro palpita ansiosa y dolorosamente.

—Por favor… —jadea con un hilo de voz. —Te quiero… dentro.

Y al escucharle decir eso, sabes que ya no puedes aguantar. Te inclinas sobre él, le devoras la boca, y con tu mano diriges tu miembro a su expectante entrada. Frotas la cabeza contra aquella palpitante apertura, y le oyes gemir.

—Entra… Hyukkie… Entra… —dice, y estás seguro que él no se da cuenta de que su voz suplicante es jodidamente sensual.

Entras lentamente, disfrutando del contacto y de la presión que ejercen sus estrechas y calientes paredes sobre tu erección. Una vez adentro, ocultas el rostro en la cama. El corazón te martillea tan fuerte, como si fuese explotar. Todo tu cuerpo está temblando, todo tu cuerpo siente un hormigueo extraño. Un nudo enorme se oprime en tu garganta, y no puedes acallar el sollozo que se forma allí y que escapa por tus labios.

—¿Hyuk? —le escuchas, preocupado, pero no te importa.

¿Cómo te sientes?

Como un idiota. Estás dentro de él y lo único que haces es llorar. Pero es que… no puedes hacer otra cosa. Dentro de ti está todo eso que sientes, toda esa mierda que te ha hecho sentir miserable durante tanto tiempo. Y él no entiende, él no sabe nada, él está ahí porque está caliente, porque está necesitado, porque está urgido. Tú en cambio, estás ahí porque lo amas, porque veneras su cuerpo y porque es el único que puede complacerte. Tú lo amas, y ahora, con tu miembro latiendo en su interior, sabes que vas a amarlo por siempre. Por más que trates de olvidarlo, de superarlo, de sacar de raíz tus sentimientos y enterrarlos, sabes que vas a amarlo siempre.

—Hyukkie… —jadea él.

No respondes. A pesar de que estás llorando, tu cuerpo le desea. Mueves tu cadera, abandonando su interior casi por completo, y entonces arremetes de vuelta, haciéndole gemir demasiado alto. Le embistes con rapidez, con fuerza, con furia. Lo tomas salvajemente. Nunca lo habías hecho así, siempre eres cuidadoso, cariñoso y suave, pero ahora no, porque todo lo que se arremolina en tu interior, esa vorágine de sentimientos contradictorios, no te permiten pensar claramente. Pero por los gemidos que le escuchas, parece que le gusta. Así que no te importa ser poco delicado.

Él se derrama entre sus vientres con fuerza, y la sensación de su semen tibio en tu piel te gusta. Te corres en su interior segundos después, y luego le besas, le besas dulcemente, disfrutando en ese beso de los efectos del orgasmo más intenso y más delicioso de toda tu vida. Sientes que el pecho se te llena de una agradable calidez, una calidez que no sentías desde hacía mucho tiempo.

Le haces el amor toda la tarde. Una y otra vez, en todas las posiciones y lugares posibles. En el suelo, en la mesita de noche, contra la pared. Tu hambre de él es insaciable, y el hambre de él por ti también lo es, porque él te pide por más.

—Ahí… sí… ahí… Hyukkie… nng… más… ahí… rico… mmm… —esas palabras salidas de la boca del pez te hacen perder la cordura.

Sabes cómo embestir, sabes qué punto golpear. Él se retuerce debajo de ti, embriagado por tanto placer, y te pide una y otra vez que entres en él, insaciable de ti, de tu miembro, y de tu esencia caliente que le llena y se derrama hacia al exterior, manchando las mantas.

Su lengua experta se arremolina en tu miembro, te saborea una y otra vez, muy lentamente, y suelta de tanto en tanto sonidos de apreciación que te vuelven loco. Te corres en su boca, y él se bebe toda esa leche caliente y espesa, tu esencia, y luego se abalanza a tus labios para darte de probar tu propio sabor. Tú también lo haces, también te inclinas sobre ese falo rosa y lo engulles todo en tu boca, muy lentamente también, y no te cansas de lamer y lamer a ese ritmo cadencioso y sensual, que finalmente logra que él expulse su semilla en tu boca, y también la tragas toda, sin desperdiciar ni una gota, y te abalanzas sobre él para que se saboreé a sí mismo dentro de tu boca.

Y así como él dice cosas cuando tú invades su interior, tú también las dices, cuando es el turno del pez de invadirte.

—Ah… Hae… así… rápido… nng… fuerte… más fuerte…

Primero te gusta que tome rápido, que sea duro, que te embista fuerte y profundo.

—Más Hae… más… —y él te complace, se mete dentro de ti hasta el fondo, y te golpea justo ahí, donde quieres, donde te gusta, donde pierdas la razón, y un poco de semen es expulsado de tu miembro, pero no te importa. —Ahí… mmm… de nuevo… —Y él golpea ese lugar una y otra vez, y te hace gritar, pedirle más y más. —¡Hae!

Después te gusta lento, lento y suave. Nice and slow.

Ahora estás sentado a horcajadas sobre él, montando su erección. Él está sentado en la cama, lamiendo desde el lóbulo de tu oreja hasta tu cuello. Te sujeta de las caderas e impone ese ritmo pausado que tanto te gusta, te penetra con calma y te llena de besos. El sonido de sus cuerpos chocando, el sudor de ambos entremezclado, sus gemidos soltados al unísono. Todo eso te parece maravilloso, es un paraíso. Él toma tu erección y comienza a bombearla al ritmo de las penetraciones, al ritmo en que tú y él mueven las caderas.

Ya no sabes cuántas veces lo han hecho, ya no sabes qué hora es, y si los otros llegaron o no. De lo único que eres consciente es de ese enorme trozo de carne en tu interior, de la contracción de tus músculos cuando te golpea ese explosivo orgasmo y te derramas, y del líquido caliente que te llena por dentro.

Caen en la cama, finalmente rendidos. Todo ha sido maravilloso, un sueño maravilloso del cual no quieres despertarte jamás. Él se encarga de cubrirlos con las mantas de tu cama desecha por las actividades de toda la tarde. Le rodeas con tus brazos, y le besas, le besas los hombros, el cuello, toda la cara. El corazón no deja de latirte fuerte, y esa sensación cálida que hacía tanto que no sentías sigue contigo, en tu pecho, haciéndote cosquillas.

Sabes que él ya está dormido, sabes que ya no puede escucharte, pero aun así lo dices, porque tienes que decirlo.

—Te amo —y no puedes evitar llorar nuevamente, pero esta vez las lágrimas son distintas. Estas ya no son amargas, son dulces. Porque eres feliz, te sientes sumamente feliz.

Y por eso eres el tonto más grande de todos, Lee Hyukjae.

*~*~*



Sabes que es de mañana. Te despiertas, y aunque estás agotado, no puedes quedarte dormido de nuevo. Miras esa revoltijo de cabello cobrizo junto a ti, estás atento al sonido acompasado de su respiración, a los leves respingos que da por lo que sea que esté soñando. Piensas que ojala esté soñando contigo.

El tiempo pasa, y él se despierta. Sabes que despierta por el cambio en su respiración. Tú cierras los ojos, finges estar dormido porque quieres que él te despierte, como solía hacer antes, con un beso o una caricia. Pero no lo hace. Le escuchas levantarse de la cama, y abres levemente los ojos para observarle buscar su ropa.

Tú corazón comienza a latir desbocado, y sientes algo feo en tu pecho. Le ves ponerse la ropa interior, los pantalones, la camisa. Mientras se la abotona, sientes que la desesperación comienza a apoderarse de ti. Cuando termina con el último botón, se arregla el cuello de la camisa, y da un paso en dirección a la puerta, pero tú le detienes, tiras de la tela de su prenda que te queda cerca, y no te atreves a mirarle.

Él te mira, sabes que te está mirando. Pasan los segundos en silencio. Cada segundo es como un puñal en tu corazón. Quieres decirle, suplicarle que se quede, que por favor no se vaya y permanezca a tu lado. Él no dice nada, no hace nada, sólo te mira. Al final, le sueltas, y él termina por irse, sin decir nada.

Hundes el rostro en la cama, y te cubres la cabeza con una almohada para que no se escuchen tus gritos. Porque estás gritando. Te sientes idiota, usado y desechado. Esa es la historia de tu vida. Lloras y lloras por horas. Te levantas sólo para ponerle seguro a la puerta y así evitar que el manager y los demás se metan en tu habitación a acosarte a preguntas. Te niegas a salir, no asistes a ninguna de las actividades de tu agenda, y no te importa. Sólo quieres dormir, dormir y dormir, no despertar en mucho tiempo.

Abres el cajón de tu mesita noche, y lloras al recordar que le hiciste el amor a ese tarado justo allí. Buscas tus píldoras y no las encuentras, y eso te desespera. Te levantas de la cama y das vuelta toda la habitación. Esparces tus cosas por el suelo, buscas en cada rincón y no las encuentras. Te dejas caer al piso alfombrado, derrotado, cuando las ves, debajo de la cama. Coges el frasco, quitas la tapa, y tragas unas cuatro de una sola vez. Caminas hasta la cama, y lo hace de nuevo, te tragas más de una píldora de un solo sopetón.

Quieres dormir muchas horas y no soñar nada. No soñar con lo que pasó el día anterior. No soñar con todas las veces que le hiciste el amor, con todas las veces que él te suplicó por más, ni con las dulces palabras de «No llores anchoíta, odio verte así. Sea lo que sea, lo superarás. Yo estaré contigo, no voy a dejarte.»

Todo era una mentira, una putada, una mierda. Todo es una mierda.

Thursday, May 26, 2011

Llegar tarde a casa

Título del fanfic: Llegar tarde a casa
Tipo: Yaoi
Fandom: Taito
Género: PWP
Clasificación: NC-17

N/A: Cero trama ._. Escrito en un momento de... locura (?) porque no encontraba ningún Taito pornoso que me gustara ówÓ xD.

Llegar tarde a casa

Y quieres lamerlo, saborearlo todo, pero él te lame primero y te sofocas, y te dejas hacer; te lame y siente tu sabor salado, jadeas mariconamente; te gustaría hacerle lo mismo pero no puedes, estás desposeído de ti mismo, porque se siente bien. Estás jodido. Te gusta, porque es tabú, y es la penumbra, el alcohol, y la curiosidad mandando.

Le sientes las manos recorrerte, como te aprietan el miembro ya adolorido que apenas recibe un poco de alivio ante caricias tan superficiales. Maldices tus pantalones de mezclilla, y lo maldices a él por ser tan suave. Gruñes y te toca fuerte, y entonces gimes, porque es rico.

Lo sientes por el cuello, por toda la cara. Adoras cuando atiende tu lengua y se dan de latigazos infatigables de deseo. Te sube la camiseta y te lame el pecho, te deja rastros de saliva y te gusta cómo se siente sobre tu piel. Tienes los pezones duros, y él te los aplasta con la lengua, sin misericordia, si hasta te mordisquea el muy bastardo, porque sabe que la sensación te supera, con tus jadeos le suplicas que siga chupando, y que, si es posible, lo haga más duro.

Cierras los ojos y te dejas ir. Él te somete a esas deliciosas torturas, y el único pensamiento coherente además de “más” o “rico” que se forma en tu cabeza es “mientras más duro mejor”. Le quieres sentir fuerte. En jamás en tu puta vida has sentido así antes. Ninguna chica te ha hecho sentir como él lo hace. Es que el rubio es maestro, te conoce todo, te sabe de memoria aunque sea esta la primera vez que te prueba de esa manera. Tiene manos expertas, que saben cómo tocarte el paquete y quitarte el aliento. Y tiene una lengua experta, que te produce escalofríos donde sea que se pose.

Al principio gemías bajito. Era la vergüenza y el orgullo. Ahora el orgullo y la vergüenza se te fueron por el culo. Gimes más alto, y ya no lo intentas disimular. Quieres hacerle saber que toda esa puta magia que te hace te gusta montones, que quieres seguir sintiéndole sobre ti, llenándote de saliva caliente que al segundo se pone fría.

Un momento de lucidez te atrapa, y consigues moverte por ti mismo al fin. Muevas la mano, y lo haces para llegar a rozarle la entrepierna. Y jadeas al sentirle, porque Matt está duro, como una piedra, como tú mismo lo estás, y se siente enorme bajo la tela. Te regocija el sonido gutural que escapa de la garganta del rubio. Te hace saber que él está tan necesitado de ti como tú lo estás de él. Y te dan ganas de complacerle, de llenarle de saliva y de lamerlo todo. Te entra como un apetito, y la imagen mental del rubio y de ti, con roles invertidos, se te antoja jodidamente excitante.

Le separas de ti con un leve agarrón de hombros. Él te mira confundido, y por un segundo crees apreciar miedo en su mirada de acero azul ya fundido, pero ese miedo se reemplaza por deseo cuando nota que el gesto de tu cara dice de todo, menos algún indicio de querer detener esa locura. Le empujas para que caiga sobre la cama, pero él no cae, porque es terco como una mula y le gusta hacerse el difícil, y entonces sólo se semi recuesta, apoyándose en los codos para quedar levemente incorporado. Te inclinas sobre su cara y se lamen, se muerden, se chupan. Poco hay de besos, los besos se quedan cortos por la pasión y la urgencia que sienten. Te separas y empiezas a bajar, le lames el cuello, y te divierte, porque notas los escalofríos que le provocas. Le lames la oreja, desde el lóbulo a la punta, te gusta que escuche y sienta tu respiración caliente. Bajas, y vas directo a la hebilla del pantalón. Él se sorprende, pero no hace nada para detenerte, de hecho, te ayuda a bajarse la prenda con un poco de desesperación. Te maravilla ver esa erección que se adivina poderosa, sofocada por la tela negra del bóxer. Esa prenda también es bajada en un segundo, y ese falo rosado se alza vigoroso ante tu mudo gesto de asombro, curiosidad y deseo. Te humedeces los labios, te inclinas y botas aire; tu respiración le hace cosquillas. Le rozas la punta con la punta de tus labios, y él se estremece, expectante, ansioso, urgido. Asomas la lengua con timidez, le mojas la cabeza al lamerla como a un helado. Le oyes jadear y eso te incita a repetir la acción. Líquido pre seminal escapa de la diminuta apertura, y te sorprende, porque te gusta el sabor. Tu lamida se hace más profunda, y le miras, curioso por ver su expresión, y él tiene los ojos cerrados y la mandíbula un tanto apretada. Te gusta ese gesto porque lo hace ver jodidamente sensual. Ya no te aguantas y te lo metes todo a la boca, y él gime tu nombre, sí, lo dice clarito, porque no puede evitar que se le salga, y eso te motiva tantísimo. Mueves la cabeza a lo loco, rápido. No tienes ni puta idea de cómo dar una mamada, a pesar de que a ti te han dado muchas. A ti siempre te gusta que te chupen rápido y hasta el fondo, así que así intentas hacérselo. Es agotador, pero a la mierda el cansancio o el acuciante dolor en tu mandíbula. Ver a Matt con los ojos cerrados, la boca abierta, jadeando sin tapujos y con el mayor sonrojo de su vida valía toda esa incomodidad.

—Tai… —te dice el rubio con dificultad.

Sabes por qué lo dice, te está avisando, para que te quites porque si no se correrá en tu boca. Y tú para eso no estás preparado, no aún. Pero aún así te quedas un poco más, haciéndolo más fuerte y más rápido.

—Tai… —jadea ya sin aliento.

Y te lo sacas de la boca por poquísimo, porque apenas está fuera, y un chorro de leche caliente se estrella en tu cara. Haces un ruidito de fastidio y asco, porque te entra en un ojo. Con uno abierto, mientras te frotas el otro para quitarte la porquería, le miras. Está recuperando el aliento, y se limpia saliva que se le ha escurrido por la comisura de la boca. De debajo de la almohada saca la remera de su pijama, te jala sin consideración del brazo y te hace caer de espaldas a la cama. Te tira la remera sobre la cara, para que te limpies. Todo queda oscuro, y cuando te quitas la prenda de la cara, te sorprendes al descubrirte con los pantalones a medio quitar. Te limpias la cara de todas formas, y no te quejas. Matt te desviste de la cintura para abajo, y sientes una ola de expectación y calentura al ver cómo te mira la verga erecta y se relame los labios. Con la mano la toma, y la acaricia en toda su longitud. Gimes, y gimes otra vez al sentir tu glande rodeado por su cavidad húmeda. Y ya no puedes pensar en nada más que no sea la cabeza del rubio hundida en tu entrepierna. Sientes que es como si fuera a tragarse tu pene, y esa sensación te fascina. Te lleva al borde de inmediato. Te chupa rápido, y tú, sin poder hacer o decir nada, te corres fuerte, como nunca en tu vida. Y él no se quita como tú, se lo traga todo, y esa sensación de él tragándose tu leche te excita. Te lame suavemente para ayudarte a calmarte después del explosivo orgasmo. Pero tu miembro sigue duro. Te incorporas y le coges del cuello de la camisa para atraerlo hacia ti, él casi te cae encima, y ambos jadean cuando sus erecciones chocan deliciosamente. Te fundes con él en un beso voraz. La mano de él sujeta (con cierta dificultad) las vergas duras de ambos, que se frotan y frotan de forma alucinante. Se dejan caer sobre la cama, de costado, mirándose. Te adueñas de su lengua, y los dos agarran la virilidad del otro, y las manos comienzan a recorrer todo el largo. Estás tan concentrado, y de pronto sientes una mano estrujándote el culo. Pero no te quejas nada. Tú creías que sólo a las tipas había que agarrarles el culo, porque lo tenían bien formado y era provocativo y agradable al tacto, nunca creíste que les podía gustar, o qué podían sentir. Y ahora sabes que si te agarran el culo se siente jodidamente bien. La mano de Matt es grande y suave, y te masajea rico. Sientes entonces que su mano se desliza hacia esa hendidura con lentitud, y entonces comprendes su intensión. Y quieres decirle que no, que ni de puta madre te vas a dejar, pero su tacto suave te gusta, te da de esas cosquillas ricas que te suben por la columna vertebral, revientan, y llegan hasta la punta de tus dedos.

Sientes un dedo de él, pero lo único que hace es hacer presión, nada más. Y esas suaves y superficiales pulsaciones en tu entrada trasera te ponen, oh, sí. Sientes que el ano te palpita ansioso para recibir ese dedo, pero Matt demuestra no tener intensiones de meterlo. Y eso te molesta. Te separas de él, y el gruñe al perder dominio sobre tu lengua. Ni siquiera le miras, porque te da vergüenza, y es que lo que estás a punto de hacer es jodidamente maricón. Pero a la mierda eso, estás caliente, necesitado, y quieres todo lo que él te pueda ofrecer. Le das la espalda, y te arrodillas, te ayudas del pecho para apoyarte, y alzas el culo hacia él.

—Hazlo —dices en un puto tono suplicante, volteando el rostro con dificultad para mirarle.

Y él niega con la cabeza, aunque su mirada se ha tornado feroz. Te mira, e intenta hacerte entrar en razón. Él quiere evitarte dolor y tú lo sabes, pero la curiosidad y el deseo pueden más que el querer evitar el dolor. No le tienes miedo al dolor, eres valiente. Y además, te dolerá sólo al principio, ¿no? Después sentirás placer, mucho placer.

Matt te sigue mirando, como reprochándote que le ofrezcas el culo tan fácilmente. Pero tú le das una mejor vista de tu estrecha entrada con la ayuda de tus manos, y le ves tragar saliva. Piensas que has esperado una eternidad cuando el rubio al fin se digna a moverse, pero te desconcierta que él se ponga de rodillas. Entiendes un segundo antes de sentir su cálida y húmeda lengua acariciando tu entrada. Te lame y te llena de saliva, te prepara metiendo la lengua, y jadeas porque se siente genial, tal y como pensaste. Su mano aparece cerca de tu boca, y tú sin siquiera pensártelo, le lames los dedos, y los llenas de saliva. La lengua del rubio causa estragos placenteros en tu interior, pero entonces, el rubio te quita su mano, y la lengua es reemplazada por un dedo. Y te duele. Joder que sí. Te raspa, y te arde, pero después de unos minutos el movimiento se hace fluido y ya o raspa. Vuelves a sentir el ardor cuando inserta otro dedo en tu interior, pero como con el primero, al rato se pasa, y se te olvida, y lo único que sientes es placer, sucio y prohibido, pero exquisito.

Gruñes cuando sientes que los dedos te abandonan. Jadeas al sentir su glande caliente y necesitado rozarse contra tu entrada. Te preparas porque sabes que se viene fuerte. Le sientes entrar. Aprietas la mandíbula porque no quieres dejar escapar ningún quejido por el dolor lacerante que sientes. Se adentra, y una vez lo sientes todo adentro, respiras hondo y deseas quedarte así, quietito, porque lo que te dolió fue la entrada, y tenerlo ya adentro se siente bien. Pero el jodido rubio ignora tus pensamientos y sale. La salida duele, te duele incluso más que la entrada. No te quejas ni una sola vez, y después de que él repitiera la acción unas cuatro veces más, sientes que ya no duele tanto, y no sabes si es porque tu estrechez ya se acostumbró a la intromisión, o porque por tanto dolor ya no sientes nada. La respuesta te llega clara cuando, después de entrar de una sola estocada, él se empieza a mover dentro tuyo. Su miembro se frota contras tus estrechas y sensibles paredes, y golpea un punto que te hace sentir una delicia indescriptible.

Al comienzo el rubio es lento, y le agradeces mentalmente por la consideración. Pero luego de un rato eso te fastidia, le quieres rápido y duro, y empiezas a mover las caderas en busca de ese contacto deseado. Y Matt se descontrola. Te penetra salvaje y desposeído de sí mismo, y a ti te encanta. Te gusta también que se haya hecho hacia atrás, para sentarse contigo encima, y que te haya agarrado tu dura y necesitada verga, para atenderla mientras tu saltas y te agitas y el aumenta el ritmo de las estocadas.

La cama suena, como si chillara, pero tus gemidos y sus jadeos son mucho más poderosos. Te apega contra su pecho, sientes su aliento caliente golpearte el cuello.

—Tai... —gime él en tono de voz sumamente turbador.

Y cuando dice tu nombre, te derramas en su mano. El orgasmo te golpea violentamente, imparable, fogoso, impetuoso, ardiente. Sientes dentro de ti una calidez que te quema, y sabes que él también acabó. Sin dejar de rodear con la mano tu miembro, sin siquiera dar indicios de querer salir de dentro de ti, Matt suspira y oculta la cara en tu hombro.

Cuando tú ya recobras el aliento, con delicadeza te quita de encima, y abandona tu interior. Buscas tu ropa y te viste, y evita mirarle, así como él evita mirarte a ti. Miras el reloj y te das cuenta de lo tarde que es, y que en cuanto llegues tu madre te dará una buena tunda por no avisarle.

—Ya debo irme —muraras, mirándole al fin.

Él sólo asiente con la cabeza.

Coges tu cuaderno de matemática, y recuerdas que habías ido a casa del rubio a estudiar. Lo metes en la mochila y te pone la chaqueta que dejaste colgada del respaldo de la silla del escritorio.

Te giras a verlo para despedirte, pero él no te está mirando. No te atreves a decirle nada y sales de su habitación en silencio. A fuera está todo a oscuras. Llegas hasta la puerta y antes de salir, el rubio sale de su habitación y te llama. Tú volteas a mirar; le ves gracias a la luz que sale de su habitación, pero estás seguro de que él no te ve.

Lo sientes acercarse a ti a todo a velocidad, la mochila se te cae al piso, y eres asestado contra la puerta, mientras sus labios te atrapan en un beso posesivo y demandante, un beso húmedo que hace que se te ponga dura en cuestión de segundos. Y le respondes con el mismo frenesí, metiéndole las manos por debajo de la camisa y tocándole la piel.

—¿Tienes que irte? —te dice de una forma casi suplicante, sugerente y turbadora a la vez, como una jadeo.

No le respondes. No quieres decirle que sí porque deseas quedarte y besarle, y sentirle más, pero tampoco quieres que tu madre te regañe por regresar a casa más tarde aún.

Él no espera tu respuesta y te besa de nuevo. Los sonidos de las gargantas de ambos se funden, también sus respiraciones. Matt lleva las manos a tu pantalón, y te lo baja, junto a la ropa interior, con maestría. Se agacha y su lengua se arremolina alrededor de tu vara ya lista. Gimes.

—Mi madre va a matarme —dices, rendido, haciéndote a la idea de que llegarás a casa mucho más tarde.

Saturday, May 21, 2011

El más grande de todos los tontos - One

Título del fanfic: El más grande de todos los tontos
Parejas: EunHae
Tipo: Slash
Género: Angts
Clasificación: NC-17

N/A: Amé escribir este fic. Tiene un no-sé-qué que me hace amarlo con locura. Me siento orgullosa de esto. Es de lo mejor que he escrito. Oh yeah~
Enjoy


One

Sentado en tu cama, te preguntas cómo has llegado a este estado. El pecho te duele, te duele montones, es como si alguien presionara una barra de hierro caliente contra tu piel, y te estuviese marcando perpetuamente para que no puedas olvidar el dolor. Te duele, y entre medio de tu llanto, te haces preguntas, esas preguntas que últimamente te has estado repitiendo una y otra vez y que todavía no tienen respuesta.

En verdad sí las tienen, pero tú no quieres responderlas. No todavía.

¿Cómo estás?

Estás llorando. Estás triste, enojado y dolido, y ahora mismo todo te vale una putada.

¿Por qué estás así?

Porque eres un tonto. Porque debiste haberte marchado de su lado hacía mucho, cuando comenzaste a sentir feo cada vez que él te rechazaba. Estás así porque en tu mundo el corazón puede más, porque tu razón es patéticamente débil y tu voluntad es de esas que se deshacen apenas él te ofrece una miserable sonrisa.

¿Quién es el responsable?

Pues tú mismo. No lo culpas a él, aunque él sea el motivo de tus desdichas.
Simplemente no puedes culparlo. Cuando estás triste, tu razón toma algo de control, y te echa toda la culpa. Tú eres el que permite que sucedan esas cosas, tú eres el que se deja dominar y pisotear de esa manera. Tú eres el que se queda callado cuando él regresa y le recibes, sintiendo como todo tu ser se derrite ante su presencia. Cuando él te mira o te habla, cosas tan pequeñas e insignificantes como esas te llenan de una dicha que no puedes explicar, pero que describes como patética y ridícula. Si hasta tú mismo te das cuenta que tu manera de responder frente a él no es sana, no para ti al menos.

Te duele, te duele todo lo que él hace y no hace. Te duele esperarle y que él jamás llegue a tu lado, te duele que a veces pase junto a ti sin siquiera mirarte y que al segundo siguiente este sobre ti, hablándote de cosas sin sentido, o llenándote de caricias.

Él es bipolar, estás seguro de ello, no puede haber otra explicación. Un día te busca con sus ojos castaños llenos de cariño, se sienta junto a ti, te toma las manos, te acaricia el rostro, se queda mirando tus labios, a veces de te besa, otras sólo te sonríe con esa sonrisa brillante que es contagiosa y que te mata de felicidad, y te sientes el ser más afortunado y querido en todo el planeta.

Otro día, en cambio, ni siquiera te da los buenos días, apenas levanta el rostro y te mira un segundo para seguir haciendo lo que sea que haga. No busca tus manos, no se sienta a tu lado, en lugar de eso bromea y presta atención a todos los demás, un día es Siwon, otro día es Kyuhyun, la mayor parte del tiempo es Eeteuk, y a ti no te da nada, ni siquiera una sonrisa, ni siquiera un saludo. Te trata con la peor de las indiferencias, y eso te hace sentir tan desgraciado que te metes a tu habitación, pasas mucho tiempo en ella, solo, componiendo melodías tristes o escribiendo líricas sobre desamor que reflejan lo que siente tu herido corazón.

Y es que cuando Donghae se comporta así contigo, lo único que haces es preguntarte «¿Qué hice mal?» Y te quiebras la cabeza pensando en ello, tratando de responder una pregunta que no tiene respuesta alguna. Porque en verdad no haces nada, nada malo como para ganarte su fría indiferencia.

Eres muy atento con él. Siempre es el dueño de tu atención y le complaces en todo lo que se le antoje, como ir a nadar a mitad de la noche, o practicar nuevos pasos cuando tú estás tan cansado que apenas puedes mantener los ojos abiertos, o le escuchas hablar por horas y horas sobre cosas que él cree que son importantes, pero que en verdad no lo son tanto. Cuando le da hambre, compartes tus caramelos y tu leche de fresa con él, y le dejas que usurpe tu cama cuantas veces él quiera, e incluso le cubres con una manta para que no coja frío mientras sueña con peces. Todas tus sonrisas son para él y cuando sales de compras, siempre vuelves a casa con algo especialmente para el pez.

Quizás tú único defecto sea que eres demasiado tímido, tanto así, que al principio rechazabas sus demostraciones de afecto en público, porque te daba vergüenza, porque no querías que nadie sospechara nada. Pero ahora es distinto, ahora ya no te reprimes tanto, ahora te acercas a él y el demostrarle afecto te sale natural, pero ahora es él el que te rechaza, y eso te rompe el corazón porque a ti te cuesta tanto hacer ese tipo de cosas. ¿Por qué se comporta de esa manera? ¿Por qué cuando están en algún concierto o presentación, él no devuelve las insistentes miradas que tú le das? ¿Por qué evita los jugueteos contigo, y no con los demás, como con Siwon por ejemplo? ¿Por qué deja que Siwon se acerque tanto y lo manosee todo? ¿Por qué deja que Kyuhyun le diga a las fans que él es suyo? ¿Por qué pasa tanto tiempo en el cuarto de Eeteuk charlando con él?
Esas cosas te ponen enfermo de celos, te enfurecen, pero tú eres de esa clase de persona que no puede estar enojada mucho tiempo, de esa que transforma la rabia en melancolía.

No entiendes por qué él se comporta así. Quieres preguntarle, pero casi nunca te atreves, simplemente no quieres que se enfade. Te importa demasiado todo lo que él piense y haga.
Pero esa situación tiene que acabar. Ya lo has decidido. Hoy fue la última vez, la última. No tienes por qué seguir aguantando cosas como esa, sufrir por cosas como esa. Su frialdad, su inferencia, tú no quieres nada de eso, no lo mereces. Por mucho que te duela la idea de que no volverás a sentirlo cerca, que no volverás a estremecerte cuando su cálido aliento recorra tu piel, ni cuando sus labios busquen los tuyos desesperadamente y su lengua se una a la tuya en un contacto líquido y caliente. Su cuerpo, su sonrisa, y hasta su voz, de todo eso tienes que olvidarte. Te será horriblemente difícil porque se ven casi todos los días, y ante esa perspectiva agradeces que el viva en el piso de arriba y que tú tengas una habitación para ti solo.

El primer paso es cambiar la cerradura de la puerta, porque él tiene copia de la llave y entra cuando quiere. Ya no podrá hacerlo, así que ya no habrá más mañanas en las que el suave contacto de sus labios en tu frente o mejillas te despierte. Ya no se meterá en tu cama en medio de la noche, ya no se abrazara a tu cuerpo ni te besara el cuello ni frotara su entrepierna despierta contra ti para provocarte y pedirte en voz baja que lo tomes. Ya no volverás a desvestirlo, ni a saborear todo su cuerpo, ni a introducirte en él, abriéndote paso lentamente en su estrechez hasta alcanzar ese punto que lo hace perder la cabeza y suplicarte por embestidas más duras y profundas.

Sientes que tu miembro comienza a palpitar tan sólo pensar en ello, y lloras más, frustrado, molesto contigo mismo por ser débil ante sólo un recuerdo. Pero es inevitable. El recuerdo del primer beso, de la primera caricia, de la primera vez juntos, todo eso comienza a jugar con tu mente y con tu corazón, como en un intento de mermar con tu determinación de sacarlo de tu vida. Es como si el Donghae de tu mente se estuviese revelando contra ti y tu voluntad de no volver a caer en él nunca más. Pero tú estás cansado de llorar, estás harto de sentir ese vacío en tu pecho cuando él decide que es «tiempo de ignorar a Hyukjae». Tú ya no quieres seguir cuestionándote a ti mismo y a tus actitudes ni a nada de lo que haces. Quieres dejar de mirarte tanto en el espejo, arreglando tu cabello y tu ropa, sólo para no recibir ninguna mirada por parte suya. Estás hasta la coronilla de que coquetee con todo el mundo delante de tus narices, como si tú no existieras ni sintieras.

Hoy fue la última vez. Ya no más, ya no permitirás que te siga afectando. Porque te afecta, y de qué manera te afecta. Por las noches no duermes esperando en silencio a que se cuele dentro de tu habitación y se acueste junto a ti, y la ansiedad y la expectación por una palabra suya te hacen doler el estómago y ya ni ganas de comer tienes. Y al no comer ni dormir, te encuentras débil, sin energías suficientes para practicar tus bailes como se debe.

Suspiras y aprietas los puños con fuerza, tratando de infundirte un poco de valor. Tú lo sabes, que no mereces lo que él hace, el cómo se comporta. Y has tratado de saber por qué es así contigo, le has preguntado, un par de veces, y aunque él nunca se ha dignado a responderte, tú lo consideras un gran intento, por tu parte, de solucionar todo. Te has rebajado, te has humillado, le has dicho «Si no quieres estar conmigo, estás bien. Seguiremos siendo amigos» y él te ha dejado la mitad del tiempo con la palabra en la boca.

Te golpeas la nuca contra el muro, y te duele. Te muerdes el labio para reprimir un sollozo, y es que no puedes evitar recordar lo que pasó hace unas horas. Estabas tan feliz de volver a Sukira después de dejar el programa temporalmente por las actividades con SJ M, y te pusiste mucho más feliz cuando supiste que Donghae estaba invitado. Siempre te gustó hacer el programa cuando él era invitado, porque era divertido, y esperabas que esta vez, al estar juntos, el pez te prestara un poco de atención. Pero no lo hizo. No se sentó a tu lado, se sentó entre Eeteuk y Yesung, y te quedaste al otro lado de este último. No te dirigió la mirada ni la palabra, se dedicó a hacer bromas con los mayores, e incluso los molestó mientras hablaban al micrófono, picándolos con el dedo índice de tanto en tanto. Eso, aunque te dolió mucho, lo podías soportar, porque, vamos, ya estás acostumbrado. Pero entonces, el llamado de una fan y su inocente pregunta complicaron todo.

‘Oppa, ¿hay alguien en tu corazón?’

Los cuatro se dispusieron a responder esa pregunta, y te eligieron a ti como el primero.

—Bueno... es complicado —dijiste, sonriendo como bobo, avergonzado. Querías ser sincero, y hacerle llegar indirectamente el mensaje a ese estúpido pez que te hacía sufrir tanto. —La verdad es que... tengo muchas personas en mi corazón. Los miembros, mi familia, ELF, pero si tuviera que pensar en una sola persona... alguien especial, pues sí, sí hay alguien especial en mi corazón.

Yesung y Eeteuk soltaron exclamaciones de asombro, pero Donghae sólo te miró, por un segundo, antes de posar su vista en Yesung, que respondía la misma pregunta.

Tú le miraste insistentemente, sintiendo un temblor en tus piernas ante la expectación, porque venía el turno de él. Tú sabías que él sí había entendido tu mensaje, más claro no pudo haber sido, ¿verdad? Por lo que el aire abandonó tus pulmones cuando escuchaste su respuesta.

—¿Es mi turno? —sonrió. —Pueees... en mi corazón, como dijo Eunhyuk, hay muchas personas. En mi corazón está ELF, yo soy de ELF y de nadie más.

Yesung y Eeteuk rieron y le insistieron a que respondiera la pregunta, sin contar a ELF, el grupo o su familia.

—No. Mi corazón está libre para cualquiera que lo quiera.

Eeteuk comenzó a decir su respuesta, y tú dejaste de mirarlo, porque ya no podías. Tus ojos se humedecieron casi al instante, y te insultaste tanto por ser así de débil. Cuando el programa acabó, quisiste hablar con él, pero él te dijo que lo hicieran después, que ahora se fueran a comer con los otros. Le insististe, porque era importante, pero él siguió negándose, y te dijo ‘Prefiero comer que hablar contigo’.

Incluso ahora, esas palabras te siguen doliendo. Tú lo intentaste, lo intentaste tanto, y él sólo te dice que prefiere comer a hablar contigo. Aun así le sonreíste y le dijiste que estaba bien, cuando no tenía nada de bien. Debiste haberle gritado, insultado, incluso golpeado, para hacerlo reaccionar. Pero para ti ya no había nada que hacer. Si él prefería irse a comer a intercambiar un par de palabras contigo, después de días sin dignarse a hacerlo, eso sólo significaba que para él no eras tan importante como en algún momento llegaste a creer.

Escuchas ruidos fuera de la habitación, y sabes que el resto ha llegado. No te importa, sin embargo. No haces caso al llamado de Shindong para que vayas a comer algo, ni tampoco a los golpecitos suaves de Ryewook para saber si estás bien. Estas dispuesto a ignorar todo intento de comunicación contigo por parte del exterior cuando alguien vuelve a tocar a tu puerta, y tú reconoces esa manera de tocar, si hasta muerto lo harías. ‘Toc, toc, toc, toc, toc’.
Tu corazón da un vuelco, pero permaneces inmóvil, porque no darás tu brazo a torcer, no más.

—Hyukjae —llama, y te estremeces al escuchar su voz diciendo tu nombre, porque hacía tanto que no lo escuchabas. —Abre —demanda con impaciencia, pero tú no te mueves. Estás decidido.

Le escuchas maldecir y llamarte tonto. Le escuchas forcejear con la cerradura, intentando abrirla con la copia de la llave de la cerradura anterior, la cual yace sobre tu cama, desarmada, y te felicitas por no haber esperado hasta mañana para cambiarla.

Casi una hora de golpes en la puerta, ruidos metálicos y palabrotas, y el pez al fin se rinde, o eso crees tú, porque después de recargar nuevamente la cabeza contra el muro, escuchas un golpe fuerte y entonces la puerta se abre.

Donghae entra y trae consigo un martillo. Ha destrozado tu nueva cerradura.

—Demonios Donghae —suspiras cansinamente. —La acabo de poner —dices, aunque lo has hecho hace un par de horas.
—¿Por qué cambiaste la cerradura? —te pregunta el pez, dejando el martillo en el suelo.
—Perdí mi llave —mientes descaradamente.
—¿Por qué no me pediste mi copia?
—No estabas aquí.
—¿Por qué no me llamaste?
—Perdí mi celular.
—¿Por qué no esperaste a que llegara?
—Tardaban demasiado
—¿Por qué no abrías la puerta?
—Quería estar solo —dices, siendo sincero.

Él te mira con el entrecejo fruncido, y deseas que no lo haga. Deseas que se de media vuelta y se marche, porque hasta verlo te causa un poco de dolor.

—¿Por qué?

Te molestas. ¿Quién se cree para hablarte en ese tono?

—Porque sí. Ahora vete.

Él no se mueve, y estás a punto de lanzarle una almohada.

—¿Qué sucede Hyukkie? —murmura, con ese tono de voz dulce y encantador que causa estragos en ti.
No respondes.
—Dime qué es —se acerca dos pasos, y te mira con esa cara, ya sabes, esa donde los ojos le brillan y sus labios se fruncen en un puchero de lo más encantador.

Algo en tu interior quema. Te sientes tan estúpido. Por un lado, ese rostro está causando estragos en tu determinación, hace que te entren ganas de mirarle, de decirle que no es nada, de abrazarlo y comértelo a besos. Por otro, te da coraje que se acerque a ti de esa manera, que esté ahí y espere a que le contestes y hagas cómo si nada hubiese pasado, como si todos estos días de indiferencia no te hubieran dolido.
Suspiras, en parte para liberar la tensión en tu interior y aflojar el nudo que se ha formado en tu garganta.

Él se acerca y se sube a tu cama, se ubica junto a ti, te mira fijamente y estira la mano para coger una de las tuyas. Su contacto te estremece. Lo has añorado tanto, tu piel se eriza toda y un hormigueo se expande por todo tu cuerpo desde donde él te toca. El nudo en tu garganta se hace enorme y pesado, te duele, te duele muchísimo y te gustaría gritarlo.

Sus dedos acarician el dorso de tu mano y luego se entrelazan con los tuyos. Te sientes patético, porque esa caricia te hace feliz. Pero esa felicidad no se compara a todo lo demás que sientes.

—No juegues conmigo —murmuras bajito, porque tu voz está desapareciendo.
—¿Mmm? —luce confundido.
—Tsh —escapa de tus labios, con una sonrisa amarga.

Quieres apartar su mano de la tuya, porque su contacto te daña, te quema, te hace anhelarle más. Pero no lo haces. Miras con atención tu mano en la de él y piensas que es una buena imagen, una bonita, una que te gustaría recordar por siempre. Pero sabes que eso no va a suceder. Que la imagen que vas a recordar siempre es la de tu propia mano, sola, esperando en vano a que la mano de él la tome. Y tú no quieres eso para ti, no más. Amas, pero has llegado a ese punto donde es necesario decir que ha sido suficiente, que has esperado lo suficiente, que has soportado lo suficiente. Has sido bueno, muy bueno y paciente. No pides demasiado, sólo quieres una sonrisa todos los días, un saludo, algún gesto de reconocimiento, lo que sea que pueda hacer el pez para reconocer tu existencia y tu importancia en su vida.

Tragas saliva, y una lágrima cae desde uno de tus ojos. Te duele tanto lo que estás a punto de decir. Prefieres no tener que decirlo nunca, pero sabes que tienes que hacerlo, que es tu deber. Por ti.

—No quiero… No quiero seguir con esto —dices apenas con un hilo de voz, pero sabes que él te ha escuchado perfectamente.
—¿Con qué? —pregunta, y no sabes si echarte a reír o a llorar por su ignorancia.
—Tú y yo —dices, y sientes una quemazón tan intensa en la garganta, que podrías aullar de dolor. —Se acabó.

Él sólo te queda mirando, sientes su mirada castaña fija en ti, como esperando a que voltees el rostro para mirarle. Pero no lo haces, no puedes. Quieres contener el llanto hasta lo último, y sabes que si lo miras aunque sea sólo por un segundo, romperás a llorar como un bebé.

—¿Qué dijiste? —pregunta, y notas un cambio en su tono de voz, pero no puedes descifrar qué es.
—Se acabó —repites. No puedes decir nada más, no eres capaz.

Por un instante, los únicos sonidos que puedes escuchar provienen sólo de ti, tu respiración y tus desaforados latidos. Te preguntas por qué Donghae no está respirando cuando este habla.
—Está bien —se aleja de ti, se baja de tu cama, camina hasta la puerta, la abre, y sale. Todo en silencio. Sin mirarte siquiera una vez.

Con la mano temblando, te tocas el pecho, y encierras en un puño la tela de tu camisa. Sientes que te han arrancado el corazón, que te lo han quitado de la forma más dolorosa. Te regañas mentalmente por ser tan idiota, por haber creído que él te diría algo, que haría algo, cualquier cosa, para retenerte a su lado, para impedir que te fueras. Algo que te demostrase que sí le importas, que sí quiere estar contigo. Pero no recibiste nada de eso.

Eres un tonto, y por eso lloras. Lloras porque anhelas su compañía, sus caricias y sus besos. Lloras porque quieres más que nada en el mundo que él te preste un poco de atención, como antes solía hacerlo. Lloras porque sabes que él ya no volverá, que se acabaron para siempre las mañanas donde se metía en tu cama con la excusa de despertarte y se quedaba durmiendo contigo. Lloras porque no volverás a sentir su piel, ni volverás a hacerle el amor una y otra vez, ni volverás a escucharle gemir tu nombre cuando te estés corriendo en su interior, llenándolo de tu semilla mientras él se derrama entre sus vientres.

Eres un tonto por anhelar todo eso. Un tonto, el más grande de todos.