Thursday, August 4, 2011

Sí puedes besarme Hyung

Título: Sí puedes besarme Hyung
Pareja: KiHae
Tipo: Slash
Género: Romance
Clasificación: PG

Serie: Hyung

N/A: Cotinuación de Me gustas mucho Hyung.


Sí puedes besarme Hyung

El silbido del árbitro dio inicio al partido. Kibum veía todo desde lejos, refugiado bajo la sombra de un árbol. Observó a su hyung jugar con mucho entusiasmo y anotar tres goles para su equipo. Aquella expresión que adornaba su rostro cuando celebraba con el resto de los jugadores era algo que a Kibum siempre le había gustado.

El primer tiempo ya había terminado y vio como su hyung se disculpaba con el resto del equipo.

—¿Te marchas temprano otra vez? —escuchó decir a uno de los miembros del equipo.

—Tengo algo que hacer —sonrió su hyung con un gesto de disculpa, al tiempo que cogía sus cosas y se marchaba apresuradamente a los vestidores.

Kibum sonrió. Mientras caminaba rumbo a los vestidores, pensaba. Ese día se le antojó variar su rutina, y decidió cambiar la biblioteca y los libros por un poco de aire fresco, porque lo que fue a ver la práctica del club de fútbol.

Le conmovió ver que su hyung dejaba la práctica temprano para llegar puntual a la hora en la que se reunían fuera de la biblioteca para regresar juntos a casa, pero como esta vez no estaba en la biblioteca, no sería necesario que su hyung fuese hasta allá, por lo que tenía que decirle. Entró en los vestidores masculinos y vio a su hyung recién salido de la ducha (¿tanto había demorado en seguirlo, o es que su hyung es realmente rápido bañándose?), con la cintura envuelta en una toalla. Se estaba secando el cabello, cuando alzó la vista y lo vio.

—Kibum-ah —sonrió.

Kibum le devolvió la sonrisa, sonrojado.

—Siento molestar…

—No molestas. ¿Qué haces aquí?

—Vine a ver la práctica.

—¿De verdad? —dejó la toalla del pelo sobre una banca de madera y se volteó completamente para verlo. —¿Por qué no me dijiste que vendrías?

—Fue algo de improviso. Lo siento hyung.

—No te disculpes. Estoy feliz de que hayas venido —sonrió, y Kibum no pudo más que hacer eco de esa cálida sonrisa. —Me vestiré en un segundo —dijo, cogió ropa limpia de su bolso y regresó a las duchas para vestirse ahí. Salió vestido con los pantalones del uniforme, poniéndose el cinturón, todavía desnudo del torso para arriba.

A Kibum la situación lo ponía nervioso. Su hyung era unos centímetro más bajo que él, pero tenía los músculos de los brazos y los pectorales muy definidos, y se notaba que los músculos de su abdomen estaban muy bien trabajados. Se veía odiosamente atractivo.

—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó el mayor, sacándolo de su ensimismamiento. Se había puesto una camiseta sin mangas de color blanco que le quedaba ajustaba, y ahora se disponía a colocarse la camisa blanca del uniforme.

—Estuvo normal. ¿Qué tal el tuyo, hyung?

—Mmm… pensé que reprobaría mi examen de química, pero aprobé con la nota mínima —rió. —Quizás debería dejar el club de fútbol y ponerme a estudiar más.

—¿Lo harías? —preguntó Kibum, incrédulo.

—No, no lo haría. ¿Viste los goles que anoté? —le preguntó, y se notaba que había querido hablar de eso desde que lo vio.

—Sí los vi hyung —sonrió ante la actitud tan infantil del mayor.

—¿No crees que me veo bien cuando juego fútbol? —preguntó, más para sí mismo.

Kibum rió discretamente.

—No lo sé hyung. Deberías preguntarle a tu club de fans.

—Nah, ellas siempre dicen que me veo bien haciendo todo —suspiró.

Kibum rió. Su hyung era muy popular entre las chicas, por su carisma y por su dulce sonrisa.

—Kibummie-ah —dijo el mayor.

—¿Qué?

—Quédate quieto.

Se acercó al menor, quedando cara a cara con él. Kibum sintió que su corazón comenzaba a agitarse dentro de su pecho, y tragó saliva, aunque de repente la boca se le secó.

—¿Q-qué sucede hyung?

—Tienes algo verde en el cabello —murmuró, mientras le quitaba lo que sea que tenía en el lado izquierdo. —Listo —eran algunas hojas, seguramente del árbol bajo el cual había estado observando la práctica.

—Gracias hyung —sonrió.

Donghae le sonrió de vuelta, sin demostrar intenciones de alejarse.

—Estamos solos —murmuró, sonriendo de medio lado, mordiéndose el labio inferior con gesto travieso. —¿Puedo besarte?

Kibum asintió. Sintió la mano de su hyung en su rostro y cerró automáticamente los ojos. Los labios del mayor se presionaron contra los suyos. Estaban juntos desde hacía tres meses, y Kibum ya había aceptado que los labios de su hyung le encantaban, aún cuando sus besos no habían pasado de ser un roce casto entre sus labios.

Kibum tenía mucha curiosidad por saber qué se sentiría besar a su hyung de verdad, pero no se atrevía a dar el primer paso, porque se ponía demasiado nervioso. Sabía que su hyung notaba todo su nerviosismo, y creía que era quizás por eso que el mayor aún no daba ningún indicio de querer profundizar esos besos, tal vez pensaba que lo espantaría o algo así.

A pesar de eso, esos besos tan inocentes le seguían dejando sin aliento, hacían que su corazón bombeara sangre con locura, y que en la punta de los dedos de las manos sintiera cosquillas.

La mano izquierda de su hyung le sujetaba gentilmente el rostro, y Kibum sintió que con la otra mano le tomaba de la cintura.

—Kibummie —susurró el mayor con la voz ronca, provocando que la piel del menor se erizara.

El pelinegro gimió muy bajito cuando sintió los labios de su hyung intentando aprisionar su labio inferior. Gimió otra vez cuando sintió los dientes del mayor mordisquear su labio provocativamente, y lo hizo nuevamente cuando sintió la lengua del mayor recorrer su labio de extremo a extremo, muy lentamente.

Separó los labios inconscientemente, y el mayor se aprovechó de ello para introducir su lengua dentro de la boca de Kibum, saboreando con deliciosa lentitud la cavidad del menor. A Kibum nunca lo habían besado de esa manera, así que fue por puro instinto el que respondiera al beso, correspondiendo las caricias con su propia lengua. De pronto sintió detrás de su espalda y nuca algo duro y frío. No se percató en qué momento su hyung lo encaminó hasta acorralarlo contra la pared, y sinceramente no le importaba. El aliento del mayor, su olor, su sabor, la sensación de su lengua frotándose contra la suya, sus labios moviéndose contra los suyos, sus manos sujetando su rostro y su cintura, su cuerpo apegado al suyo…

De pronto el celular de Kibum comenzó a vibrar, produciendo un sonido que los desconcentró y sobresaltó a ambos. Se separaron. Kibum tenía las mejillas teñidas de un rojo brillante y respiraba agitado, al igual que el mayor. Metió la mano al bolsillo de su chaqueta y sacó el aparato. La pantalla parpadeaba al tiempo que un pececito revoloteaba de aquí a allá mientras la palabra “Hyung” y una campana cambiaban de color. Había programado la alarma para las cuatro, para así salir puntual a reunirse con el mayor. Desactivó la alarma y el celular dejó de brillar. Soltó un imperceptible suspiro. ¿Ya eran las cuatro? ¿Cuánto tiempo habían estado besándose?

—¿Vamos a casa? —preguntó Donghae, sonriendo.

Kibum asintió, y esperó a que terminara de vestirse.

Friday, June 3, 2011

El más grande de todos los tontos - Three

Título del fanfic: El más grande de todos los tontos
Parejas: EunHae/HaeHyuk
Tipo: Slash
Género: Angst
Clasificación: NC-17
Advertencias: Contiene escenas de sexo más o menos explícitas xD.

N/A: Un final cursi, ghei y feliz~.
Enjoy


Three

Despiertas, y tardas en darte cuenta de que no estás en la habitación del hotel. Quieres incorporarte, pero no puedes, sientes tu cuerpo muy pesado, estás como adormilado. Esperas unos minutos para poder levantarte. Te sientas a medias en la cama y miras. Es un cuarto de hospital.

Te miras a ti mismo. Vistes uno de esos camisones blancos de hospital, y tienes una de esas agujas incrustada en tu mano, conectada a una manguerita que va a una bolsa de líquido transparente que cuelga junto a la cama. Miras en derredor y te das cuenta de que no estás solo. Hay un sofá, y en él están Siwon, sentado, con los ojos cerrados y sosteniendo la biblia, y Sungmin, recostado en lo que queda de sofá, con la cabeza apoyada en la pierna del moreno. Ambos duermen profundamente, y tienen el aspecto de estar ligeramente agotados.

Miras al otro lado de la habitación, y te das cuenta de que alguien duerme con la cabeza apoyada en tu cama. Es él, y te sientes mareado sólo de verlo. Está sentado en una silla, con la mitad del cuerpo sobre tu cama, junto a tus piernas. Le miras detenidamente y crees ver rastros de lágrimas en sus mejillas, pero piensas que son imaginaciones tuyas.

Le miras durante unos minutos, le ves mover los labios y decir algo, crees que es tu nombre, pero te convences de que no. Estiras la mano para acomodar un mechón de pelo cobrizo que le cae sobre los ojos, y él se sobresalta, despertándose e incorporándose de inmediato. Se queda mirándote varios segundos. Notas que tiene los ojos hinchados y enrojecidos.

—Hyukkie… —murmura, y no puede contener las lágrimas. Deja escapar un sollozo, y ese sonido despierta a Siwon, quien abre los ojos, sacude la cabeza ligeramente para espantarse el sueño y mira en tu dirección. Te ve y se apresura en despertar a Sungmin, quien hace ruiditos de molestia y se restriega los ojos al tiempo que se incorpora.

Tú no ves nada de eso por supuesto. Estás mirando fijamente como llora el pez, como se cubre la boca con las manos y trata de hacer menos audibles los sollozos que se agolpan en su boca por salir.

Siwon se levanta y se asoma hacia a fuera, llamando a alguien, una enfermera tal vez. Sungmin se levanta del sofá y se acerca a ti, secándose las lágrimas que se deslizan por sus mejillas.

—¿Cómo te sientes Hyukkie? —te pregunta el mayor.
—¿Eh? Pues… tengo sueño —dices.
Siwon se acerca y te sonríe. —¿En serio? ¿Has dormido durante dos días y aún tienes sueño?
—¿Dos días? —dices, incrédulo.
—Nos tenías muy preocupados —te dice Sungmin, y hace un puchero. —No vuelvas a hacer algo así. No sabes el susto que nos dio.
—Hyung, ¿por qué estoy aquí? —preguntas, porque no entiendes nada.
Siwon te mira, con cierto reproche al hablar. —No debiste ingerir tal cantidad de pastillas. Cuando te vimos con ese frasco de píldoras en la mano, e intentamos despertarte y no abrías los ojos, pensamos lo peor.
—¿Qué quisiste hacer con eso Eunhyukkie? No quisiste… hacer eso, ¿verdad? —te pregunta Sungmin.
—No quise matarme hyung, si a eso te refieres. Sólo quería dormir.
—El doctor te dijo que sólo una cada noche antes de dormir —te recuerda Siwon, y no tienes idea de cómo él sabe eso, pero no te importa.
—Quería dormir mucho tiempo…

El silencio los rodea. No sabes que decir, te sientes mal y avergonzado por haber preocupado a todos así.

—Lamento haberlos preocupado —dices, y haces una venia.
—Ya pasó. Es bueno ver que estás bien —dice Siwon, tomando tu mano y dándole un apretón cariñoso. —Rezamos mucho por ti.
—No vuelvas a hacer algo así nunca —dice Sungmin, con los ojos brillantes, como si fuese a llorar otra vez. —No vuelvas a encerrarte en tu habitación de nuevo. Si algo te angustia, habla conmigo, o con Eeteuk si te es más fácil.
—Lo haré hyung.
—Ash, Eunhyuk baboo. Tu madre está tan preocupada que tomó el primer vuelo a China que pudo conseguir, así que supongo que pronto la veremos por aquí.
—¿Le avisaron a omma? ¡Hyung! —te quejas, e imaginas la tremenda reprimenda que te espera.
—También le dijimos a tu hermana. Está afuera con los demás, la obligaron a ir a comer, no se despegó de ti hasta hace unas horas —agrega Siwon.
—Noona —suspiraste, agradecido.
—Junsu-shi no deja de llamar preguntando por tu estado.
—¿Junsu también lo sabe?
—Llamé a Eeteuk para informarle y estaba con Yuhno-shi y su manager. Supongo que alguno de ellos le contó a Junsu-shi —dice Sungmin encogiéndose de hombros.
—Yah, hicieron un gran escándalo por esto —te quejas.
—Estábamos muy preocupados por ti —te dice Siwon, y tu molestia desaparece al instante ante su tono de voz y su mirada severa. —No vuelvas a hacer algo así.

Tú asientes con la cabeza, silencioso, demasiado avergonzado y arrepentido. Te sientes tonto porque ahora que lo piensas, tomar tal cantidad de píldoras fue una idea bastante estúpida, y agradeces interiormente de que nada grave te haya pasado. Ya te imaginas las caras de horror que debieron haber puesto los miembros al entrar a tu habitación, encontrarla hecha un desastre, con tu ropa y demás pertenencias esparcidas por el suelo, y a ti, recostado en la cama, con el frasco en la mano.

Suspiras. De verdad estás arrepentido.

Una enfermera entra en la habitación y comienza a revisar los aparatos a los que estás conectado. Te informa que te dejarán un día más en el hospital para observación, y que deberás comenzar una dieta, porque has perdido mucho peso.

Siwon y Sungmin comentan algo de que tienen hambre, y te dicen que se irán por algo y de paso a avisarles a los otros que al fin has despertado. Siwon dirige su mirada hacia Donghae, quien se ha mantenido totalmente silencioso y no ha dejado de llorar. La mirada de Siwon es compasiva, la de Sungmin en cambio, en un tanto dura y fría, como si el conejito intuyera que el pez tiene algo que ver en todo lo que te ha estado pasando.

—Volveremos pronto —dice Siwon.

Sungmin te sonríe antes de marcharse con el menor.

Ahora están solos, y tú le vuelves a mirar. Él tiene la cabeza gacha, y ves que sufre de espasmos mientras se limpia las lágrimas de las mejillas y trata de respirar.

Verlo así te duele, remueve algo en tu interior que te dan ganas de acercarte, abrazarlo y prometerle que todo estará bien. Pero no lo haces. No estás seguro si vas a perdonar esta vez. Se burló de ti en tu propia cara, te usó y desechó, jugó contigo, te rompió el corazón en pedacitos. No estás seguro si serás capaz de volver a pegar esos pedacitos alguna vez.

—¿Por qué lloras? —quieres saber, no entiendes por qué él sigue llorando.

Él te mira, tiene los ojos muy enrojecidos por tanta lágrima.

—Creí… —dice, con esfuerzo, porque la voz le tiembla. —Creí que te perdía… —logra decir, y coge aire. —Para siempre —la voz le tiembla, y un sollozó inaudible escapa por sus labios.

Tú le miras. Lo que acabas de escuchar… ¿Será otra mentira? Porque si lo es, por favor, que alguien te mate ahora mismo. Los pedacitos de tu corazón volvieron a unirse de nuevo sólo para estremecerse ante esas palabras. ¿Acaso sí le importas?

—¿Eso… te afecta? —preguntas, y notas que tu voz también tiembla.

Él asiente con la cabeza enérgicamente, incapaz de hablar.

—¿Si yo me fuera… —el pez alza el rostro para mirarte, con un leve dejo de miedo en sus ojos, —eso te… afectaría?
—S-sí —dice con un hilo de voz.

Tú suspiras, y sonríes amargamente.

—No voy a estar aquí para siempre —dices, y te sorprendes de lo firme que se escucha tu voz. —He sido muy paciente. He esperado mucho, he soportado mucho. E intentado… Todo eso ya se acabó. Yo ya no estaré para ti. No te esperaré ni te aceptaré cuando decidas volver. Se acabó.

—Lo sé —dice él. —Sé que ya no estarás ahí por siempre. Sé que quieres irte, que estás cansado. Lamento todo… todo lo… que pasaste por mí… No sé por qué… Soy un tonto. No quería dañarte, pero lo hice… N-no sé por qué lo hago… —llora, agachando el rostro para que no lo veas. —Quiero que ser distinto… quiero hacerte feliz. No quiero que dejes de sentir lo que sientes por mí, por eso… —mete la mano en el bolsillo de su pantalón y saca una cajita de terciopelo negro. La abre y deja a la vista un anillo de plata. —Prometo dedicarme enteramente a hacerte feliz, y si te vuelvo a hacer llorar, dejaré que Siwon me dé una paliza.
—Siwon nunca haría eso —dices.
—Tú no lo viste cuando te encontramos. Me gritó muchas cosas, y si no hubiera sido por Zhoumi y manager hyung, me habría golpeado.

Te sorprendes al escuchar eso, y te sientes muy agradecido con Siwon.

Se quedan en silencio durante unos segundos. Tu corazón latiendo demasiado fuerte, expectante, aguardando lo que sea que él tiene para decirte.

—Prometo que… te despertaré con un beso cada mañana que estemos juntos, que te prepararé el desayuno, aunque sólo sepa hacer huevos revueltos, y te lo llevaré a la cama cada vez que pueda. Prometo decirte lo mucho que te amo, porque te amo, hasta que te hartes y ya no quieras escucharlo más, y prometo que apenas salgas del hospital te llevaré a comprar un cachorro y le daremos a Bada, Mío y a Choko un dongsaeng. Prometo que te cuidaré cada vez que enfermes, y que te llevaré a conocer mi casa en Mokpo, a cenar con omma y hyung cuando este vuelva del ejército. Prometo que…
—Ya… Donghae, detente —dices, no puedes contener las lágrimas. Todo lo que él promete suena maravilloso, hermoso, perfecto. Quieres creerle, de verdad que quieres, pero tienes miedo. La caída puede resultar mucho más dolorosa si te promete un paraíso como ese.
—Hyukjae —dice él. —Estar contigo esa última vez… todas las veces que hicimos el amor… —murmura, y te estremeces de sólo recordarlo, te estremeces más por ese tono de voz suyo que se te antoja como anhelante, como si aquel recuerdo también removiera algo en su interior. —Significan mucho para mí. Perdóname por irme así, no quería que me malinterpretaras. No me fui porque no quisiera estar contigo. Por favor… perdóname.

Tu corazón recién reparado te pide a gritos que le digas que sí, pero hay algo que te detiene, y no sabes qué es. Resentimiento tal vez, porque después de todo, has sufrido. Has sufrido muchísimo, y no estás seguro de dejar pasar todo ese sufrimiento así como así.

—Te amo —murmura, el pez, guardando el anillo nuevamente en su bolsillo, y escondiendo el rostro en una mano, tratando de llorar silenciosamente y fracasando.

Y ahí va de nuevo. Es la segunda vez en menos de dos minutos que te dice que te ama. Nunca antes lo había hecho, ni una vez cuando hacían el amor, o cuando dormían juntos, abrazados. Nunca. Todas las promesas que él acababa de hacerte no valen
nada en comparación a ese «te amo» que tanto has ansiado escuchar y que pensaste que nunca llegaría.

Te das cuenta que la sensación cálida que le hace cosquillas a tu pecho ha vuelto a aparecer. Con eso, ya sabes cuál es tu respuesta.

—Dame mi anillo —dices.

Él se descubre el rostro y te mira, y la expresión que luce te conmueve profundamente. Tú estás sonrojado, y una pequeña sonrisa adorna tu rostro también lloroso. Él mete nuevamente la mano en el bolsillo y saca la cajita, la abre y te muestra el anillo de plata, y te das cuenta de que tiene algo grabado. Coges el anillo y lo acercas para leer.

Yours ever


—Prometo que seré tuyo siempre —dice el pez.

Te pones el anillo en el dedo anular de la mano izquierda.

—Me queda grande —dices.
—Es para este dedo —te dice él, colocándote el anillo en el dedo corazón. —Yo también tengo uno —y te enseña su mano izquierda, moviendo los dedos, el anillo plateado que adornaba su dedo de en medio. Se lo quita y te lo entrega. —Tiene algo grabado dentro —lees cuidadosamente y sientes algo en tu pecho al leer tu nombre. —Sé mi pareja —dice él de repente. —Novio, enamorado… el nombre que sea. Sé mío.

Tú le miras seriamente, y sin resistirte, te inclinas hacia él y lo besas. Ese contacto te sabe a muchas cosas, triunfo, gloria, felicidad. Sientes como si algo líquido y tibio se derramase sobre tu corazón, sanando todas las heridas, rellenando todos los espacios, las ranuras que quedaron tras haberse juntado uno a uno los pedacitos de este. Él responde tu beso con ansias, con deseo, y ambos terminan con las respiraciones agitadas. Apegas tu frente a la de él y sientes como el pesado, enorme, y doloroso nudo en tu garganta se afloja, se deshace. A pesar de eso, lloras, porque eres un llorón. Pero estas lágrimas que ahora se deslizan por tus mejillas son las lágrimas más dulces que has derramado en toda tu vida.

Eres feliz, eres inmensamente feliz. Sientes que todo el sufrimiento que viviste ha valido la pena si la recompensa es este momento. El corazón te late violentamente y crees que te explotará de la felicidad en cualquier instante.

—Feliz cumpleaños —susurra él.

Y tú abres los ojos desmesuradamente.

—¿Hoy es mi cumpleaños? —preguntas.

Él se ríe e ti.

—No. Lo fue hace dos días. Si me fui tan de repente esa mañana, fue porque quería conseguir algo realmente bueno para regalarte, así que pase toda la mañana buscando los anillos y luego los mandé a grabar. También te había comprado un pastel, pero cuando llegué no querías abrir la puerta. —Hace una pausa, y notas que el recuerdo de ese día le hace daño. —Cuando logramos entrar y te vi así… Me asusté mucho —murmura.
—¿O sea que ese día fue mi cumpleaños?
—Lamento haberte echado a perder el día —se disculpa, realmente apenado.
—Pero es que no lo sabía.
—¿No lo sabías?
—Que era mi cumpleaños.

Por supuesto. ¿Y cómo ibas a saberlo? Andabas perdido, sin saber en qué día vivías. Comenzó la gira y te olvidaste por completo de que el mes de Abril se acercaba. A veces eres tan tonto Hyukjae.

—En cuanto te den el alta, celebraremos tu cumpleaños, ¿te parece?
—No lo sé, estoy muy cansado como para una fiesta.
—Nada de eso. Ya estamos planeando la fiesta —dice una voz alegre desde la puerta y ambos miran.

Eeteuk, en compañía de los otros y tu hermana, entran, y la habitación se llena de repente.

—¿Cómo te sientes? —te pregunta el líder.
—Muy bien, pero hyung, ¿por qué estás en China?
—Estaba preocupado por mi dongsaeng —sonríe el mayor. —Además quería aprovechar de pasar tiempo con ustedes antes de entrar al ejército.
—Hyung… —dices, conmovido.
—Jungsoo hyung, ¿qué decías sobre la fiesta? —pregunta Donghae.
—Así, la fiesta —exclama con entusiasmo.

Entre todos se ponen a discutir los detalles de la fiesta, incluso tu hermana, después de llenarte de besos, se pone a opinar sobre la comida, la música y la decoración.

Tú no prestas atención a nada de eso. Estás más atento a la calidez de la mano que sostiene la tuya, a la mirada dulce que te dedican ese par de ojos castaños y a la sonrisa encantadora que se forma en esos exquisitos labios que de ahora en adelante son sólo tuyos.


*~*~*



Hace calor. De repente China empieza a gustarte mucho.

¿Qué es lo que más te gusta?

Las noches. Porque son jodidamente calientes. Te gustan porque sientes toda la noche ese cuerpo pegado al tuyo, ese calor abrasador que emana de esa piel salada y húmeda de sudor y saliva, saboreas esos labios adictivos, y el cuarto se llena de gemidos, de súplicas, de palabras incoherentes que escapan ante el delirio que causa el placer.

Escuchas la música, el ruido de copas, de risas, de voces hablando, gritando, divirtiéndose. No te importa, aunque tú seas el motivo de sus brindis y sus festejos. Prefieres celebrar el día de tu nacimiento, aunque este ya haya pasado, encerrado en esa habitación, invadiendo ese interior tan estrecho, embistiendo una y otra vez, arrancando salvajes sonidos de esa garganta que vibra como loca y que te provoca con el movimiento de esa nuez en ese cuello tan masculino.

Ese hormigueo delirante te golpea como por cuarta vez, y te derramas dentro de él. No te separas, porque disfrutas muchísimo de su calor interior envolviéndote, a veces te dan ganas de quedarte dentro de él por siempre. Descansas todo el peso de tu cuerpo sobre él, sabes que a él no le molesta, que resiste tu peso y que de hecho le gusta sentirse aplastado por ti. Comienzas a sentirte un poco cansado, y mantienes los párpados cerrados, pensando que no podría haber una manera mejor de dormir como aquella. Pero él se mueve, él se mueve y comienza a besar tu cuello con esa lentitud tan provocativa que te eriza toda la piel.

—Otra vez —murmura, con la voz cargada de deseo. A veces te sorprende el que Donghae parezca ser una fuente inagotable de calentura, excitación y montón de otras cosas pornosas.

Sientes que tu miembro comienza a recobrar vida nuevamente. Te ríes suavemente en su oído.

—¿No estás cansado?
—No.
—¿No quieres dormir un poco?
—¿Tú quieres dormir? Dormiste dos días seguidos —te reclama.
—Pero tengo sueño —le dices.
—Por favor Hyukkie —te pide con tono infantil. —Una más, sólo una más.
—Pero Hae, mañana te dolerá.
—Claro que no —rebate él de inmediato.
—Claro que sí.
—No importa. Sólo… sólo quiero estar contigo —susurra en tu oído, y comienza a llenarte de besos.
—Hae…
—¿No quieres? B-bien. Entiendo —dice, y deja de besarte.

Sabes que le has herido.

—¿P-puedes salir? —te dice, y tú le haces caso. Abandonas su interior muy lentamente y el gemido que brota de su boca te provoca.

Le ves lamerse los labios, con los ojos cerrados, como si visualizará algo sumamente placentero. Luego se gira sobre su costado y te da la espalda.

—Buenas noches —te dice.

Te quedas mirando su nuca y parte de su espalda. Te acercas y le rodeas con tus brazos. Tu contacto le hace gemir y eso te provoca más.

—Otra vez —susurras en su oído y le lames la oreja. —Las veces que quieras —agregas. Le sientes estremecerse todo. —No me canso de hacer el amor contigo —susurras.

Tus caricias son suaves y calmadas. Le estás amando con las manos, eso es lo que haces. Él suelta gemidos quedos, y se voltea para besarte, y ese beso es dulce y suave, como el algodón de azúcar.

Se llenan de besos y caricias tiernas, pero no por eso el deseo se calma o aminora. Es lo opuesto. Sientes fuego en tu interior. Quieres unir tu cuerpo al de él cuanto antes.

—Te quiero adentro Hae —le pides, y sabes que él está más que feliz por complacerte. —Hae… —su nombre brota de tus labios una y otra vez.

Es como un sueño, el sueño más maravilloso que has tenido en toda tu vida.

—Hae… No… vuelvas a irte —dices con dificultad, sintiendo su miembro golpear en tu interior. —No me dejes.
—Hyukkie —jadea él y te devora los labios. —Nunca… nunca me iré —gime, y aumenta el ritmo y la fuerza.
—Hae…

Le sientes acabar, al mismo tiempo tú acabas también. Está a punto de salir de ti, pero le detienes.
—No te vayas —murmuras.
—No seas tontito —te sonríe, con esa sonrisa que derrite mil corazones en menos de un segundo. —Nunca voy a dejarte. Serás mío para siempre —agrega en tono de broma, y se ríe.

Tú le respondes con una sonrisa y disfrutas de sus labios besando tu frente cariñosamente.

La idea de ser suyo para siempre no te parece tan mala. A decir verdad, se te antoja hermosa, porque sabes en el fondo de tu corazón que le pertenecerás por siempre.

Eres tonto, su tonto.

Wednesday, June 1, 2011

El más grande de todos los tontos - Two

Título del fanfic: El más grande de todos los tontos
Parejas: EunHae/HaeHyuk
Tipo: Slash
Género: Angts
Clasificación: NC-17
Advertencias: Contiene escenas de sexo explícitas.

N/A: Amé escribir este lemon *-* *pervertmodeon* xD.
Enjoy

Two

Estás tan deprimido que has tenido que ir al doctor. El único de los miembros que lo sabe es Eeteuk, y él prometió no decírselo a nadie. Sabes que puedes confiar en él.

Recostado en tu cama, miras con atención las pequeñas píldoras blancas dentro del frasquito que sujeta tu mano, y las agitas, escuchando el sonido que hacen al chocar entre sí y contra el vidrio de su contenedor. Una antes de dormir, eso dijo el doctor.

Esas píldoras te hacen descansar, no te dejan soñar, lo cual agradeces, porque tus sueños siempre tratan sobre él. Esas píldoras serán tus salvadoras cuando comiencen la gira de SJ M dentro de unos días. Pensaste seriamente en renunciar a la sub unidad, pero tu terapeuta te recomendó que no lo hicieras, que eso no le haría ningún bien al proceso de superación, que estarías huyendo y que eso, bajo ningún concepto, es algo bueno. Le haces caso porque quieres recuperarte, porque sabes que tu estado actual no es bueno para tu salud.

Quieres estar sano, porque no quieres preocupar a nadie. Tu familia ha estado llamándote muy seguido porque tu aspecto cansado y enfermizo ha sido tema en algunos programas y periódicos. ELF te llena el twitter con mensajes de ánimo y apoyo, y te piden encarecidamente que cuides de tu salud ante todo. Los miembros también están preocupados, a veces les pillas mirándote con inquietud, con ganas de decirte algo, pero sin saber qué. Ninguno de ellos sabe con certeza qué es aquello que te tiene en este estado. Ninguno de ellos excepto él, pero él no dice nada, no hace nada. Su distanciamiento es tan obvio, que seguramente los otros ya sospechan que Donghae tiene algo que ver con tu estado, pero ninguno dice nada, ninguno se atreve a decir nada. En el fondo agradeces su discreción.

Alguien toca tu puerta. Tu corazón da un brinco enorme dentro de tu pecho, porque hace mucho que no oías ese ‘Toc, toc, toc, toc, toc’.
Tragas saliva.

—Pasa —dices.

Él abre la puerta y se asoma.

—Ya nos vamos —dice.

Tú sólo asientes con la cabeza.

—¿Quieres ayuda con tu equipaje? —pregunta.
—No, gracias —dices.

Y se marcha.

Respiras profundamente para calmarte.

Él lo ha intentado, hablar contigo, tratar que las cosas sean mínimamente como antes, pero tú no puedes. Es como si algo dentro de ti se hubiese muerto. Ese Hyukjae que era de Donghae, eso fue lo que murió.

*~*~*


No te gusta China, de verdad que no te gusta. No soportas la sazón de las comidas y no soportas que te hablen tan rápido en chino y que seas incapaz de responder sin cometer errores estúpidos. Lo que más te desagrada de China es que pasas mucho tiempo cerca de él, demasiado.

Añoras tu habitación para poder evadirte.

Pasan mucho tiempo ensayando, apareciendo en programas de televisión, incluso grabando publicidad. Lo ensayos son especialmente duros para ti, porque tú y él son los bailarines principales. Agradeces infinitamente que Henry siempre esté con ustedes y que todos los solos principales de baile sean de los tres.

Quieres volver a Corea, quieres renunciar, dejar todo tirado y regresar. Los días se te hacen horriblemente largos entre tanta actividad, y tu verdadero descanso llega en las noches, cuando una de esas píldoras blancas se desliza por tu garganta, garantizándote un sueño reparador.

Después de tanto ajetreo, al fin tienes un día libre. Todos están paseando en no sabes dónde. No quisiste ir, porque necesitas un espacio completamente a solas. Quieres dormir, tienes muchas ganas de dormir, pero tienes miedo de soñar con él. Abres el cajón de tu mesita de noche y sacas el frasco con tus píldoras. Piensas que tomar una ahora no te hará daño alguno, pero no estás seguro, puesto que las instrucciones son «una cada noche antes dormir», y apenas son las seis de la tarde. Te quedas mirando el frasco, pensando, cuando abren la puerta de tu habitación.

Te sorprende encontrarte con esa mirada castaña que tanto te has empeñado en evitar. Él te mira, y fija, curioso, la mirada en el frasco en tu mano. Te das cuenta y te sientes incómodo, por lo que te apresuras a guardar las píldoras en el cajón de tu mesita de noche nuevamente.

—¿Qué es eso? —te pregunta, entrando sin ser invitado.
—No es nada —dices, pero eso no le detiene.

Pasa junto a ti directamente hacia tu mesa de noche, abre el cajón y saca el frasco. Lo examina con atención, leyendo la etiqueta.

—¿Tomas esto? ¿Por qué? ¿De qué estás enfermo?’
—No estoy enfermo.
—¿Entonces por qué tomas esto?
—Son para dormir.
—Para dormir —repite él, y sabes que no te cree. Gira el frasco en sus manos, lamiéndose el labio inferior. —Antidepresivos —dice.

Tú no sabes qué decir. Evitas mirarle, y con eso, le has dado la razón.

—Jungsoo hyung me lo dijo. Que has estado yendo al médico.

Te dejas caer sobre la cama, molesto. ¿Por qué Eeteuk tuvo que decírselo precisamente a él?

—¿Por qué? —te pregunta, mirándote. —¿Qué es lo que te pasa?

No le contestas, no sabes qué decirle, y eso te hace sentir terriblemente estúpido.

—¿Qué es lo que sucede Hyukkie?— sientes que las manos te comienzan a temblar al escucharle llamarte así. Ha pasado tanto tiempo… —¿Por qué no quieres contarme?— te pregunta, dolido.
—No me pasa nada— dices.
—No voy a creerte. ¿Por qué no quieres contarme?— se ubica frente a ti. —¿Por qué no lo sabía? —te reclama, agitando el frasco con las píldoras. —Esto es importante. ¿Por qué tuvo que ser Jungsoo hyung el que me lo dijera y no tú?
—Él no tenía por qué decírtelo —murmuras.
—Yah, Hyukjae-ah —exclama, molesto. —¿Por qué eres así? ¿Qué está pasando contigo?
—No me está pasando nada —ya comienzas a molestarte. Deseas que se vaya, que te deje solo. —No te metas en mis asuntos —le espetas.
—¿Cuál es tu problema? —demanda.
—¿Mi problema?— sonríes amargamente.
—Sí, tu problema. ¿Por qué no me dices qué es lo que te pasa?

Te levantas de la cama, frunces el ceño y le miras, desafiante. Estás frente a frente con él.
—¿Quieres saber cuál es mi problema?’
—Sí, quiero saber —casi grita, y eso te enfurece más.
—Tú eres mi problema —dices, casi gritas, sin poder contenerte. —Tú eres mi maldito problema. Tu presencia. No quiero estar cerca de ti, no quiero verte ni hablarte, y tengo que hacerlo. ¡Ese es mi problema!

El rostro de él se desencaja. Ves cómo sus ojos se humedecen poco a poco.

—¿Y-yo soy tu problema? —pregunta en voz baja. Sabes que le has herido, que tus palabras le han herido, pero en lugar de sentirte culpable, sientes un extraño placer por dentro. —¿Es mi culpa que… tomes esto? —señala el frasco.

Tú no le respondes. Desvías la mirada a un rincón de tu habitación.

—Hyukjae-ah — dice. —Mírame —te pide.

Y lo haces. Sientes un nudo en tu garganta, pero no quieres llorar, de verdad que no quieres.

—¿Q-qué hice? —te pregunta.

Y lloras. Te maldices por eso. Lloras, pero no es tristeza. Es rabia. Lloras de rabia porque él no sabe nada de nada, porque sigue siendo ignorante de todo lo que te ha hecho pasar, de todos los malos ratos, las noches en vela, los suspiros, los llantos. No puedes entenderlo, no lo comprendes ni quieres hacerlo.
Le miras fijo, le miras con rencor, con odio tal vez.

—Márchate —dices.
—Pero…
—¡Márchate! —gritas.

Pero él no se mueve.

—No me iré hasta que me digas…
—¡¿Qué quieres que te diga?! —estás desesperado, de verdad quieres que te deje solo.
—¿Qué fue lo que te hice para…
—¿De verdad tienes que preguntar? ¿No es demasiado obvio? —cierras tus manos en puños, para darte estabilidad. —Yo… No eres culpable de nada. Yo tengo la culpa. Soy débil y patético. Es mi culpa —murmuras.
—Hyukjae.
—Déjame solo —le pides sin mirarle.
—No me iré. Quiero que hablemos, que solucionemos esto. Quiero que todo vuelva a ser como antes.
—Nada volverá a ser como antes.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero.
—¿No quieres seguir siendo mi amigo?

Le escuchas decir eso y sientes que estás pronto a soltar un sollozo. No puedes creerlo. ¿Amigo? ¿De verdad que Donghae limitaba todo al plano de amigos? ¿Dónde quedaban los besos, todas las veces que hicieron el amor juntos? ¿Contarían para Donghae como hacer el amor? Para ti sí contaban como tal. ¿Por qué parece ser que tú eres el único que piensa así? Volver a ser como antes… ¿De verdad quería volver a ser como antes?

—¿Cómo antes? —dices.

El otro asiente con la cabeza.

Tú sonríes, sardónicamente. —Quieres que todo vuelva a ser como antes…
—Sí —te responde él.

Le miras fijo, mordiéndote el labio inferior para reprimir los gritos y el llanto que desean salir.

—Eres un tonto —dices con un hilo de voz. —El más tonto de los tontos… —sollozas sin energía.

Él te mira como si también fuese a llorar.

—Hyukkie…
—Vete… Déjame solo.

Él niega con la cabeza y te abraza.

Sientes que ese abrazo te cura y a la vez te mata. Toda tu piel reacciona a su contacto, ansiosa. Tu corazón se agita y comienza a golpear con fuerza dentro de tu pecho y sientes un hormigueo en tu vientre. Pero quieres que se aleje, deseas que se aleje y te deje tranquilo, solo, porque lo que sientes es demasiado. Estás confundido y muy dolido, sabes que tienes que alejarle, pero no puedes, y eso lastima tu pobre orgullo.

—Quiero saber qué te pasa —dice él con tono suplicante. —Por favor Hyukjae-ah, dime qué tienes.

¿Qué es lo que te pasa?

Estás enfermo. Enfermo de amor por ese pez tonto que te abraza ahora y que te suplica para que le cuentes lo que te aqueja. Has estado enfermo mucho tiempo, por eso has ido al médico. El problema es que no existe medicina que te cure el corazón de lo que sientes. Y ahora que él te está abrazando, la idea de olvidarlo y superarlo comienza a parecerte nuevamente imposible.

Él se separa de ti un poco y te toma el rostro con las manos. Con sus pulgares comienza a limpiar las lágrimas de tus mejillas, y ese gesto tan dulce de su parte sólo te hace llorar más.

—No llores anchoíta, odio verte así —te susurra con cariño. Tú respiras hondo y tratas de calmarte. —Sea lo que sea, lo superarás. Yo estaré contigo, no voy a dejarte.

Una parte de ti quiere creerle, lo quiere desesperadamente. Pero otra tiene miedo de creer, de poner esperanzas, de crear ilusiones, y de lanzarse para luego caer al vacío.

Él te sonríe, y se inclina hacia a ti. No reaccionas hasta que sientes sus labios en tu mejilla. El contacto es electrizante y turbador. Sientes fuego en tu interior. Esa llama que creías extintas, el Hyukjae que le pertenece sólo a él, se alza dentro de tu ser. No tienes control sobre lo que haces. Le rodeas la cintura y lo apegas a tu cuerpo, y con los labios le buscas desesperadamente para saciar tu hambre por un beso. Sus labios se tocan, se encuentran después de tanto tiempo, y sientes por dentro como te quema una necesidad urgente por poseerlo.

No eres suave con el beso. Eres brusco y desbordas pasión. Tu lengua explora toda esa cavidad y crees que ese sabor es el más exquisito de todos, tus dientes muerden sus labios y en tu boca atrapas su lengua, succionándola como si quisieras tragarla. Él te responde ese beso urgido, con el mismo deseo.

Tus manos se deslizan a su trasero y estrujas sus nalgas, arrancando de él un suspiro. Sientes las manos de él por tu cuello, tus hombros, tus brazos, tu cintura. Las sientes debajo de tu camiseta y gimes ante el tacto de sus manos frías. Sientes ganas de llorar nuevamente, porque has anhelado por tanto tiempo ese contacto. Te sientes como un hombre del desierto, perdido, que después de días sin agua encuentra un oasis. Te sientes como un muerto de hambre, al que le dan de probar del mejor de los banquetes.

Le empujas a la cama y te ubicas sobre él. Metes las manos debajo de su camisa y comienzas a tocar esa suave piel de marfil que tanto añoraste. Hundes los labios en su cuello y saboreas esa piel sensitiva, disfrutando del sonido hermoso y sensual que escapa de los labios del pez ante las sensaciones que le provocas, desabotonando con habilidad la prenda de vestir para dejar a la vista ese torso perfectamente trabajado que llama tu atención de inmediato. Te deslizas desde el cuello hasta sus pectorales, ensalivando todo a tu paso. Con la lengua te das el tiempo de torturar sus tetillas, hasta dejarlas durísimas. Bajas hasta su abdomen y mientras hundes la lengua en su ombligo, tus manos se encargan de abrir el cinturón, de desabrochar el pantalón y de bajar la prenda más la ropa interior. Le quitas todo. Le dejas completamente desnudo debajo de ti y disfrutas de esa visión por unos segundos. Admiras su desnudez, su perfecta desnudez. Te preguntas cómo es posible que pueda existir un hombre tan perfecto.

—Hyuk —gime él cuando tomas su miembro.

Sientes que te endureces mucho más al palpar ese ser duro y caliente en tu mano. Tu miembro palpita dentro de tu ropa interior, y te duele. Te quitas la camiseta y te bajas los pantalones y los bóxers hasta la rodilla. Te ubicas sobre él y los miembros de ambos se rozan. El mismo gemido extasiado escapa de ambos, se miran fijamente, lujuriosos, poseídos por un trance de deseo, al tiempo que tú balanceas tu cuerpo y comienzas una deliciosa fricción entre sus miembros. Hundes la cabeza en su cuello, lames esa piel, chupas hasta marcar. Él toma una de tus manos y la lleva a su boca. Te lame los dedos, primero lentamente, disfrutando de su sabor salado. Segundos después te lame rápido y desesperado, como si fuese un delicioso helado que se está derritiendo, y luego te chupa, se mete uno a uno los dedos de tu mano a la boca y dentro arremolina la lengua alrededor de ellos. La manera en que te chupa los dedos te enloquece, podrías llegar al orgasmo sólo disfrutando de ello. Pero no, tú lo quieres todo, lo quieres a él, quieres su interior, lo has querido siempre.

Con cierto pesar, retiras tu mano completamente ensalivada, le separas las piernas, abriéndolas mucho para tener buen acceso, y acaricias esa palpitante entrada que clama por tu atención. Le escuchas gemir cuando introduces primero tu dedo corazón. Le miras fijamente el rostro y enloqueces con la expresión de su rostro, con cómo sus mejillas están teñidas de un brillante carmesí, con cómo se lame y muerde el labio inferior, con cómo cierra los ojos. Introduces otro dedo, y él gime nuevamente. En su interior, tratas de separar los dedos, haciendo movimiento de tijeras, y él se retuerce ante la sensación. Tus dedos salen, y luego vuelven a entrar, una y otra vez hasta que le ves loco de placer.

—Hyukkie… —dice él, con dificultad, porque su voz se pierde con los gemidos que brotan de su garganta. —Entra…

Pero tú niegas con la cabeza. Sigues penetrando con tus dedos hasta que lo sientes en el límite. Es ahí cuando te detienes. Esperas un momento a que se calme un poco, y le ves mirarte con reproche. Tu miembro palpita ansiosa y dolorosamente.

—Por favor… —jadea con un hilo de voz. —Te quiero… dentro.

Y al escucharle decir eso, sabes que ya no puedes aguantar. Te inclinas sobre él, le devoras la boca, y con tu mano diriges tu miembro a su expectante entrada. Frotas la cabeza contra aquella palpitante apertura, y le oyes gemir.

—Entra… Hyukkie… Entra… —dice, y estás seguro que él no se da cuenta de que su voz suplicante es jodidamente sensual.

Entras lentamente, disfrutando del contacto y de la presión que ejercen sus estrechas y calientes paredes sobre tu erección. Una vez adentro, ocultas el rostro en la cama. El corazón te martillea tan fuerte, como si fuese explotar. Todo tu cuerpo está temblando, todo tu cuerpo siente un hormigueo extraño. Un nudo enorme se oprime en tu garganta, y no puedes acallar el sollozo que se forma allí y que escapa por tus labios.

—¿Hyuk? —le escuchas, preocupado, pero no te importa.

¿Cómo te sientes?

Como un idiota. Estás dentro de él y lo único que haces es llorar. Pero es que… no puedes hacer otra cosa. Dentro de ti está todo eso que sientes, toda esa mierda que te ha hecho sentir miserable durante tanto tiempo. Y él no entiende, él no sabe nada, él está ahí porque está caliente, porque está necesitado, porque está urgido. Tú en cambio, estás ahí porque lo amas, porque veneras su cuerpo y porque es el único que puede complacerte. Tú lo amas, y ahora, con tu miembro latiendo en su interior, sabes que vas a amarlo por siempre. Por más que trates de olvidarlo, de superarlo, de sacar de raíz tus sentimientos y enterrarlos, sabes que vas a amarlo siempre.

—Hyukkie… —jadea él.

No respondes. A pesar de que estás llorando, tu cuerpo le desea. Mueves tu cadera, abandonando su interior casi por completo, y entonces arremetes de vuelta, haciéndole gemir demasiado alto. Le embistes con rapidez, con fuerza, con furia. Lo tomas salvajemente. Nunca lo habías hecho así, siempre eres cuidadoso, cariñoso y suave, pero ahora no, porque todo lo que se arremolina en tu interior, esa vorágine de sentimientos contradictorios, no te permiten pensar claramente. Pero por los gemidos que le escuchas, parece que le gusta. Así que no te importa ser poco delicado.

Él se derrama entre sus vientres con fuerza, y la sensación de su semen tibio en tu piel te gusta. Te corres en su interior segundos después, y luego le besas, le besas dulcemente, disfrutando en ese beso de los efectos del orgasmo más intenso y más delicioso de toda tu vida. Sientes que el pecho se te llena de una agradable calidez, una calidez que no sentías desde hacía mucho tiempo.

Le haces el amor toda la tarde. Una y otra vez, en todas las posiciones y lugares posibles. En el suelo, en la mesita de noche, contra la pared. Tu hambre de él es insaciable, y el hambre de él por ti también lo es, porque él te pide por más.

—Ahí… sí… ahí… Hyukkie… nng… más… ahí… rico… mmm… —esas palabras salidas de la boca del pez te hacen perder la cordura.

Sabes cómo embestir, sabes qué punto golpear. Él se retuerce debajo de ti, embriagado por tanto placer, y te pide una y otra vez que entres en él, insaciable de ti, de tu miembro, y de tu esencia caliente que le llena y se derrama hacia al exterior, manchando las mantas.

Su lengua experta se arremolina en tu miembro, te saborea una y otra vez, muy lentamente, y suelta de tanto en tanto sonidos de apreciación que te vuelven loco. Te corres en su boca, y él se bebe toda esa leche caliente y espesa, tu esencia, y luego se abalanza a tus labios para darte de probar tu propio sabor. Tú también lo haces, también te inclinas sobre ese falo rosa y lo engulles todo en tu boca, muy lentamente también, y no te cansas de lamer y lamer a ese ritmo cadencioso y sensual, que finalmente logra que él expulse su semilla en tu boca, y también la tragas toda, sin desperdiciar ni una gota, y te abalanzas sobre él para que se saboreé a sí mismo dentro de tu boca.

Y así como él dice cosas cuando tú invades su interior, tú también las dices, cuando es el turno del pez de invadirte.

—Ah… Hae… así… rápido… nng… fuerte… más fuerte…

Primero te gusta que tome rápido, que sea duro, que te embista fuerte y profundo.

—Más Hae… más… —y él te complace, se mete dentro de ti hasta el fondo, y te golpea justo ahí, donde quieres, donde te gusta, donde pierdas la razón, y un poco de semen es expulsado de tu miembro, pero no te importa. —Ahí… mmm… de nuevo… —Y él golpea ese lugar una y otra vez, y te hace gritar, pedirle más y más. —¡Hae!

Después te gusta lento, lento y suave. Nice and slow.

Ahora estás sentado a horcajadas sobre él, montando su erección. Él está sentado en la cama, lamiendo desde el lóbulo de tu oreja hasta tu cuello. Te sujeta de las caderas e impone ese ritmo pausado que tanto te gusta, te penetra con calma y te llena de besos. El sonido de sus cuerpos chocando, el sudor de ambos entremezclado, sus gemidos soltados al unísono. Todo eso te parece maravilloso, es un paraíso. Él toma tu erección y comienza a bombearla al ritmo de las penetraciones, al ritmo en que tú y él mueven las caderas.

Ya no sabes cuántas veces lo han hecho, ya no sabes qué hora es, y si los otros llegaron o no. De lo único que eres consciente es de ese enorme trozo de carne en tu interior, de la contracción de tus músculos cuando te golpea ese explosivo orgasmo y te derramas, y del líquido caliente que te llena por dentro.

Caen en la cama, finalmente rendidos. Todo ha sido maravilloso, un sueño maravilloso del cual no quieres despertarte jamás. Él se encarga de cubrirlos con las mantas de tu cama desecha por las actividades de toda la tarde. Le rodeas con tus brazos, y le besas, le besas los hombros, el cuello, toda la cara. El corazón no deja de latirte fuerte, y esa sensación cálida que hacía tanto que no sentías sigue contigo, en tu pecho, haciéndote cosquillas.

Sabes que él ya está dormido, sabes que ya no puede escucharte, pero aun así lo dices, porque tienes que decirlo.

—Te amo —y no puedes evitar llorar nuevamente, pero esta vez las lágrimas son distintas. Estas ya no son amargas, son dulces. Porque eres feliz, te sientes sumamente feliz.

Y por eso eres el tonto más grande de todos, Lee Hyukjae.

*~*~*



Sabes que es de mañana. Te despiertas, y aunque estás agotado, no puedes quedarte dormido de nuevo. Miras esa revoltijo de cabello cobrizo junto a ti, estás atento al sonido acompasado de su respiración, a los leves respingos que da por lo que sea que esté soñando. Piensas que ojala esté soñando contigo.

El tiempo pasa, y él se despierta. Sabes que despierta por el cambio en su respiración. Tú cierras los ojos, finges estar dormido porque quieres que él te despierte, como solía hacer antes, con un beso o una caricia. Pero no lo hace. Le escuchas levantarse de la cama, y abres levemente los ojos para observarle buscar su ropa.

Tú corazón comienza a latir desbocado, y sientes algo feo en tu pecho. Le ves ponerse la ropa interior, los pantalones, la camisa. Mientras se la abotona, sientes que la desesperación comienza a apoderarse de ti. Cuando termina con el último botón, se arregla el cuello de la camisa, y da un paso en dirección a la puerta, pero tú le detienes, tiras de la tela de su prenda que te queda cerca, y no te atreves a mirarle.

Él te mira, sabes que te está mirando. Pasan los segundos en silencio. Cada segundo es como un puñal en tu corazón. Quieres decirle, suplicarle que se quede, que por favor no se vaya y permanezca a tu lado. Él no dice nada, no hace nada, sólo te mira. Al final, le sueltas, y él termina por irse, sin decir nada.

Hundes el rostro en la cama, y te cubres la cabeza con una almohada para que no se escuchen tus gritos. Porque estás gritando. Te sientes idiota, usado y desechado. Esa es la historia de tu vida. Lloras y lloras por horas. Te levantas sólo para ponerle seguro a la puerta y así evitar que el manager y los demás se metan en tu habitación a acosarte a preguntas. Te niegas a salir, no asistes a ninguna de las actividades de tu agenda, y no te importa. Sólo quieres dormir, dormir y dormir, no despertar en mucho tiempo.

Abres el cajón de tu mesita noche, y lloras al recordar que le hiciste el amor a ese tarado justo allí. Buscas tus píldoras y no las encuentras, y eso te desespera. Te levantas de la cama y das vuelta toda la habitación. Esparces tus cosas por el suelo, buscas en cada rincón y no las encuentras. Te dejas caer al piso alfombrado, derrotado, cuando las ves, debajo de la cama. Coges el frasco, quitas la tapa, y tragas unas cuatro de una sola vez. Caminas hasta la cama, y lo hace de nuevo, te tragas más de una píldora de un solo sopetón.

Quieres dormir muchas horas y no soñar nada. No soñar con lo que pasó el día anterior. No soñar con todas las veces que le hiciste el amor, con todas las veces que él te suplicó por más, ni con las dulces palabras de «No llores anchoíta, odio verte así. Sea lo que sea, lo superarás. Yo estaré contigo, no voy a dejarte.»

Todo era una mentira, una putada, una mierda. Todo es una mierda.

Thursday, May 26, 2011

Llegar tarde a casa

Título del fanfic: Llegar tarde a casa
Tipo: Yaoi
Fandom: Taito
Género: PWP
Clasificación: NC-17

N/A: Cero trama ._. Escrito en un momento de... locura (?) porque no encontraba ningún Taito pornoso que me gustara ówÓ xD.

Llegar tarde a casa

Y quieres lamerlo, saborearlo todo, pero él te lame primero y te sofocas, y te dejas hacer; te lame y siente tu sabor salado, jadeas mariconamente; te gustaría hacerle lo mismo pero no puedes, estás desposeído de ti mismo, porque se siente bien. Estás jodido. Te gusta, porque es tabú, y es la penumbra, el alcohol, y la curiosidad mandando.

Le sientes las manos recorrerte, como te aprietan el miembro ya adolorido que apenas recibe un poco de alivio ante caricias tan superficiales. Maldices tus pantalones de mezclilla, y lo maldices a él por ser tan suave. Gruñes y te toca fuerte, y entonces gimes, porque es rico.

Lo sientes por el cuello, por toda la cara. Adoras cuando atiende tu lengua y se dan de latigazos infatigables de deseo. Te sube la camiseta y te lame el pecho, te deja rastros de saliva y te gusta cómo se siente sobre tu piel. Tienes los pezones duros, y él te los aplasta con la lengua, sin misericordia, si hasta te mordisquea el muy bastardo, porque sabe que la sensación te supera, con tus jadeos le suplicas que siga chupando, y que, si es posible, lo haga más duro.

Cierras los ojos y te dejas ir. Él te somete a esas deliciosas torturas, y el único pensamiento coherente además de “más” o “rico” que se forma en tu cabeza es “mientras más duro mejor”. Le quieres sentir fuerte. En jamás en tu puta vida has sentido así antes. Ninguna chica te ha hecho sentir como él lo hace. Es que el rubio es maestro, te conoce todo, te sabe de memoria aunque sea esta la primera vez que te prueba de esa manera. Tiene manos expertas, que saben cómo tocarte el paquete y quitarte el aliento. Y tiene una lengua experta, que te produce escalofríos donde sea que se pose.

Al principio gemías bajito. Era la vergüenza y el orgullo. Ahora el orgullo y la vergüenza se te fueron por el culo. Gimes más alto, y ya no lo intentas disimular. Quieres hacerle saber que toda esa puta magia que te hace te gusta montones, que quieres seguir sintiéndole sobre ti, llenándote de saliva caliente que al segundo se pone fría.

Un momento de lucidez te atrapa, y consigues moverte por ti mismo al fin. Muevas la mano, y lo haces para llegar a rozarle la entrepierna. Y jadeas al sentirle, porque Matt está duro, como una piedra, como tú mismo lo estás, y se siente enorme bajo la tela. Te regocija el sonido gutural que escapa de la garganta del rubio. Te hace saber que él está tan necesitado de ti como tú lo estás de él. Y te dan ganas de complacerle, de llenarle de saliva y de lamerlo todo. Te entra como un apetito, y la imagen mental del rubio y de ti, con roles invertidos, se te antoja jodidamente excitante.

Le separas de ti con un leve agarrón de hombros. Él te mira confundido, y por un segundo crees apreciar miedo en su mirada de acero azul ya fundido, pero ese miedo se reemplaza por deseo cuando nota que el gesto de tu cara dice de todo, menos algún indicio de querer detener esa locura. Le empujas para que caiga sobre la cama, pero él no cae, porque es terco como una mula y le gusta hacerse el difícil, y entonces sólo se semi recuesta, apoyándose en los codos para quedar levemente incorporado. Te inclinas sobre su cara y se lamen, se muerden, se chupan. Poco hay de besos, los besos se quedan cortos por la pasión y la urgencia que sienten. Te separas y empiezas a bajar, le lames el cuello, y te divierte, porque notas los escalofríos que le provocas. Le lames la oreja, desde el lóbulo a la punta, te gusta que escuche y sienta tu respiración caliente. Bajas, y vas directo a la hebilla del pantalón. Él se sorprende, pero no hace nada para detenerte, de hecho, te ayuda a bajarse la prenda con un poco de desesperación. Te maravilla ver esa erección que se adivina poderosa, sofocada por la tela negra del bóxer. Esa prenda también es bajada en un segundo, y ese falo rosado se alza vigoroso ante tu mudo gesto de asombro, curiosidad y deseo. Te humedeces los labios, te inclinas y botas aire; tu respiración le hace cosquillas. Le rozas la punta con la punta de tus labios, y él se estremece, expectante, ansioso, urgido. Asomas la lengua con timidez, le mojas la cabeza al lamerla como a un helado. Le oyes jadear y eso te incita a repetir la acción. Líquido pre seminal escapa de la diminuta apertura, y te sorprende, porque te gusta el sabor. Tu lamida se hace más profunda, y le miras, curioso por ver su expresión, y él tiene los ojos cerrados y la mandíbula un tanto apretada. Te gusta ese gesto porque lo hace ver jodidamente sensual. Ya no te aguantas y te lo metes todo a la boca, y él gime tu nombre, sí, lo dice clarito, porque no puede evitar que se le salga, y eso te motiva tantísimo. Mueves la cabeza a lo loco, rápido. No tienes ni puta idea de cómo dar una mamada, a pesar de que a ti te han dado muchas. A ti siempre te gusta que te chupen rápido y hasta el fondo, así que así intentas hacérselo. Es agotador, pero a la mierda el cansancio o el acuciante dolor en tu mandíbula. Ver a Matt con los ojos cerrados, la boca abierta, jadeando sin tapujos y con el mayor sonrojo de su vida valía toda esa incomodidad.

—Tai… —te dice el rubio con dificultad.

Sabes por qué lo dice, te está avisando, para que te quites porque si no se correrá en tu boca. Y tú para eso no estás preparado, no aún. Pero aún así te quedas un poco más, haciéndolo más fuerte y más rápido.

—Tai… —jadea ya sin aliento.

Y te lo sacas de la boca por poquísimo, porque apenas está fuera, y un chorro de leche caliente se estrella en tu cara. Haces un ruidito de fastidio y asco, porque te entra en un ojo. Con uno abierto, mientras te frotas el otro para quitarte la porquería, le miras. Está recuperando el aliento, y se limpia saliva que se le ha escurrido por la comisura de la boca. De debajo de la almohada saca la remera de su pijama, te jala sin consideración del brazo y te hace caer de espaldas a la cama. Te tira la remera sobre la cara, para que te limpies. Todo queda oscuro, y cuando te quitas la prenda de la cara, te sorprendes al descubrirte con los pantalones a medio quitar. Te limpias la cara de todas formas, y no te quejas. Matt te desviste de la cintura para abajo, y sientes una ola de expectación y calentura al ver cómo te mira la verga erecta y se relame los labios. Con la mano la toma, y la acaricia en toda su longitud. Gimes, y gimes otra vez al sentir tu glande rodeado por su cavidad húmeda. Y ya no puedes pensar en nada más que no sea la cabeza del rubio hundida en tu entrepierna. Sientes que es como si fuera a tragarse tu pene, y esa sensación te fascina. Te lleva al borde de inmediato. Te chupa rápido, y tú, sin poder hacer o decir nada, te corres fuerte, como nunca en tu vida. Y él no se quita como tú, se lo traga todo, y esa sensación de él tragándose tu leche te excita. Te lame suavemente para ayudarte a calmarte después del explosivo orgasmo. Pero tu miembro sigue duro. Te incorporas y le coges del cuello de la camisa para atraerlo hacia ti, él casi te cae encima, y ambos jadean cuando sus erecciones chocan deliciosamente. Te fundes con él en un beso voraz. La mano de él sujeta (con cierta dificultad) las vergas duras de ambos, que se frotan y frotan de forma alucinante. Se dejan caer sobre la cama, de costado, mirándose. Te adueñas de su lengua, y los dos agarran la virilidad del otro, y las manos comienzan a recorrer todo el largo. Estás tan concentrado, y de pronto sientes una mano estrujándote el culo. Pero no te quejas nada. Tú creías que sólo a las tipas había que agarrarles el culo, porque lo tenían bien formado y era provocativo y agradable al tacto, nunca creíste que les podía gustar, o qué podían sentir. Y ahora sabes que si te agarran el culo se siente jodidamente bien. La mano de Matt es grande y suave, y te masajea rico. Sientes entonces que su mano se desliza hacia esa hendidura con lentitud, y entonces comprendes su intensión. Y quieres decirle que no, que ni de puta madre te vas a dejar, pero su tacto suave te gusta, te da de esas cosquillas ricas que te suben por la columna vertebral, revientan, y llegan hasta la punta de tus dedos.

Sientes un dedo de él, pero lo único que hace es hacer presión, nada más. Y esas suaves y superficiales pulsaciones en tu entrada trasera te ponen, oh, sí. Sientes que el ano te palpita ansioso para recibir ese dedo, pero Matt demuestra no tener intensiones de meterlo. Y eso te molesta. Te separas de él, y el gruñe al perder dominio sobre tu lengua. Ni siquiera le miras, porque te da vergüenza, y es que lo que estás a punto de hacer es jodidamente maricón. Pero a la mierda eso, estás caliente, necesitado, y quieres todo lo que él te pueda ofrecer. Le das la espalda, y te arrodillas, te ayudas del pecho para apoyarte, y alzas el culo hacia él.

—Hazlo —dices en un puto tono suplicante, volteando el rostro con dificultad para mirarle.

Y él niega con la cabeza, aunque su mirada se ha tornado feroz. Te mira, e intenta hacerte entrar en razón. Él quiere evitarte dolor y tú lo sabes, pero la curiosidad y el deseo pueden más que el querer evitar el dolor. No le tienes miedo al dolor, eres valiente. Y además, te dolerá sólo al principio, ¿no? Después sentirás placer, mucho placer.

Matt te sigue mirando, como reprochándote que le ofrezcas el culo tan fácilmente. Pero tú le das una mejor vista de tu estrecha entrada con la ayuda de tus manos, y le ves tragar saliva. Piensas que has esperado una eternidad cuando el rubio al fin se digna a moverse, pero te desconcierta que él se ponga de rodillas. Entiendes un segundo antes de sentir su cálida y húmeda lengua acariciando tu entrada. Te lame y te llena de saliva, te prepara metiendo la lengua, y jadeas porque se siente genial, tal y como pensaste. Su mano aparece cerca de tu boca, y tú sin siquiera pensártelo, le lames los dedos, y los llenas de saliva. La lengua del rubio causa estragos placenteros en tu interior, pero entonces, el rubio te quita su mano, y la lengua es reemplazada por un dedo. Y te duele. Joder que sí. Te raspa, y te arde, pero después de unos minutos el movimiento se hace fluido y ya o raspa. Vuelves a sentir el ardor cuando inserta otro dedo en tu interior, pero como con el primero, al rato se pasa, y se te olvida, y lo único que sientes es placer, sucio y prohibido, pero exquisito.

Gruñes cuando sientes que los dedos te abandonan. Jadeas al sentir su glande caliente y necesitado rozarse contra tu entrada. Te preparas porque sabes que se viene fuerte. Le sientes entrar. Aprietas la mandíbula porque no quieres dejar escapar ningún quejido por el dolor lacerante que sientes. Se adentra, y una vez lo sientes todo adentro, respiras hondo y deseas quedarte así, quietito, porque lo que te dolió fue la entrada, y tenerlo ya adentro se siente bien. Pero el jodido rubio ignora tus pensamientos y sale. La salida duele, te duele incluso más que la entrada. No te quejas ni una sola vez, y después de que él repitiera la acción unas cuatro veces más, sientes que ya no duele tanto, y no sabes si es porque tu estrechez ya se acostumbró a la intromisión, o porque por tanto dolor ya no sientes nada. La respuesta te llega clara cuando, después de entrar de una sola estocada, él se empieza a mover dentro tuyo. Su miembro se frota contras tus estrechas y sensibles paredes, y golpea un punto que te hace sentir una delicia indescriptible.

Al comienzo el rubio es lento, y le agradeces mentalmente por la consideración. Pero luego de un rato eso te fastidia, le quieres rápido y duro, y empiezas a mover las caderas en busca de ese contacto deseado. Y Matt se descontrola. Te penetra salvaje y desposeído de sí mismo, y a ti te encanta. Te gusta también que se haya hecho hacia atrás, para sentarse contigo encima, y que te haya agarrado tu dura y necesitada verga, para atenderla mientras tu saltas y te agitas y el aumenta el ritmo de las estocadas.

La cama suena, como si chillara, pero tus gemidos y sus jadeos son mucho más poderosos. Te apega contra su pecho, sientes su aliento caliente golpearte el cuello.

—Tai... —gime él en tono de voz sumamente turbador.

Y cuando dice tu nombre, te derramas en su mano. El orgasmo te golpea violentamente, imparable, fogoso, impetuoso, ardiente. Sientes dentro de ti una calidez que te quema, y sabes que él también acabó. Sin dejar de rodear con la mano tu miembro, sin siquiera dar indicios de querer salir de dentro de ti, Matt suspira y oculta la cara en tu hombro.

Cuando tú ya recobras el aliento, con delicadeza te quita de encima, y abandona tu interior. Buscas tu ropa y te viste, y evita mirarle, así como él evita mirarte a ti. Miras el reloj y te das cuenta de lo tarde que es, y que en cuanto llegues tu madre te dará una buena tunda por no avisarle.

—Ya debo irme —muraras, mirándole al fin.

Él sólo asiente con la cabeza.

Coges tu cuaderno de matemática, y recuerdas que habías ido a casa del rubio a estudiar. Lo metes en la mochila y te pone la chaqueta que dejaste colgada del respaldo de la silla del escritorio.

Te giras a verlo para despedirte, pero él no te está mirando. No te atreves a decirle nada y sales de su habitación en silencio. A fuera está todo a oscuras. Llegas hasta la puerta y antes de salir, el rubio sale de su habitación y te llama. Tú volteas a mirar; le ves gracias a la luz que sale de su habitación, pero estás seguro de que él no te ve.

Lo sientes acercarse a ti a todo a velocidad, la mochila se te cae al piso, y eres asestado contra la puerta, mientras sus labios te atrapan en un beso posesivo y demandante, un beso húmedo que hace que se te ponga dura en cuestión de segundos. Y le respondes con el mismo frenesí, metiéndole las manos por debajo de la camisa y tocándole la piel.

—¿Tienes que irte? —te dice de una forma casi suplicante, sugerente y turbadora a la vez, como una jadeo.

No le respondes. No quieres decirle que sí porque deseas quedarte y besarle, y sentirle más, pero tampoco quieres que tu madre te regañe por regresar a casa más tarde aún.

Él no espera tu respuesta y te besa de nuevo. Los sonidos de las gargantas de ambos se funden, también sus respiraciones. Matt lleva las manos a tu pantalón, y te lo baja, junto a la ropa interior, con maestría. Se agacha y su lengua se arremolina alrededor de tu vara ya lista. Gimes.

—Mi madre va a matarme —dices, rendido, haciéndote a la idea de que llegarás a casa mucho más tarde.